La otra crónica

Rumbo a las terceras con Soraya y Susana

  • Hay tan poca confianza en unos resultados diferentes al 20-D que 'pasan' hasta las casas de apuestas La victoria de Pedro Sánchez, tres veces más arriesgado que jugártela a Podemos.

Auna semana del 26-J, la pregunta ya no es hasta qué punto influirá la campaña en este escenario inédito de repetición electoral. Ni siquiera qué partido terminará la escalada de movilización del voto con más éxito o fracaso. Al margen de estas dos cuestiones, que se resolverán en la madrugada del próximo domingo, lo que empieza a extenderse es un clima de alarmante escepticismo: no se dará respuesta al dilema principal de quién gobernará España a partir del verano.

Resignación y frustración. Es la consecuencia del enroque de los partidos. Más allá de la negativa a sacrificar la reina por el bien superior de ganar la partida, el conservadurismo se ha apoderado de la campaña y nadie parece dispuesto a mover ni un alfil. Las encuestas siguen insistiendo en que no habrá mayorías absolutas, que el PSOE sufrirá el sorpasso desde los extremos de la izquierda, que el electorado parece inclinarse por un gobierno de progreso y que, por encima de Ciudadanos, en esta ocasión serán los socialistas los que tendrán la llave decisiva del día después.

Hay tan poca confianza en unos resultados diferentes al 20-D que hasta las casas de apuestas pasan. Sólo Betfair incluye el 26-J en sus ofertas de juego: la victoria del PP es tan previsible que apenas se lograrían dos céntimos por cada euro apostado. La llegada de Pablo Iglesias a La Moncloa marca un poco más de emoción con una ganancia de 13 euros y, muy en la línea de los sondeos clásicos -con cocina mediática y demoscópica incluida-, el líder de los socialistas se cotiza a casi el triple con 34 euros por apuesta.

Que Albert Rivera no parece optar más que a un discreto papel de comparsa (sus aspiraciones de ser "bisagra" aún están por ver) lo reflejan los 91 euros que renta su apuesta. La imprevisible victoria de Ciudadanos se cotiza, por ejemplo, mucho más alta que cualquiera de las cifras que se manejan para las primarias de Estados Unidos e incluso que para el referéndum del Brexit (de momento, el pánico no se ha apropiado de la casa de juegos y se da por segura la permanencia del Reino Unido en la UE).

La apuesta que hoy realmente tendría interés sería la de unas terceras elecciones. Dentro de seis meses si vuelven a ser incapaces de formar Gobierno o dentro de uno o dos años si consiguen conformar un Ejecutivo de mínimos -en precario y en plan gestora- con una hoja de ruta estrictamente reformista. En los dos casos, el cambio de líderes resulta inexcusable. Por la salud misma de los votantes, del país y de los propios partidos.

Les planteo un escenario provocador: Soraya Sáenz de Santamaría y Susana Díaz. Y esta vez sí, las elecciones serían distintas. Para empezar, desaparecería el veto de Ciudadanos a aliarse con el PP. Entonces Albert Rivera sí contaría de verdad. A la derecha y a la izquierda. En el PP es más que conocido el excelente feeling entre Rivera y la vicepresidenta. Soraya -ya lo dejó ayer entrever- se siente del equipo de Rajoy y jamás lo traicionaría pero bien distinto sería si es el propio presidente quien la señala para la sucesión.

Enfrente, los movimientos que más ruido han desatado estos días a partir de la críptica propuesta de Jordi Sevilla sobre "dejar gobernar" es que "votar Ciudadanos es votar PSOE". Y precisamente la alianza andaluza, con la enemistad manifiesta entre Susana Díaz y Teresa Rodríguez, funcionaría de laboratorio para un futuro Gobierno nacional que vendría a reeditar el pacto del abrazo. El interrogante en este caso sería vaticinar si un PSOE al alza conseguiría con un partido naranja estancado una mayoría suficiente para llegar a La Moncloa. Por primera vez en España, gobernaría una mujer...

Con Susana Díaz en el cartel socialista, ningún sentido tendría además la insistencia de Pablo Iglesias llamando a las puertas del PSOE. Ni en sus mañanas populistas ni en sus tardes socialdemócratas. Es más, si tanto le apasiona de repente Zapatero -el mismo que aprobó la reforma exprés de la Constitución-, la propia presidenta andaluza ya le ha sugerido cuál es el camino: afiliarse al PSOE... Bajar del cartel a Pablo Iglesias sería una apuesta suicida pero no tanto que unos resultados muy por debajo de las expectativas reactiven la división interna que sacudió a Podemos hace sólo unas semanas.

Si lo pensamos bien, viendo el abismo al que parece dirigirnos el 26-J, las terceras elecciones no serían una catástrofe. Tampoco ciencia ficción.

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