Las ciudades del cambio piden paso

  • La victoria del Movimiento 5 Estrellas en Roma y Turín no es una anécdota ni una excentricidad

POR primera vez en la historia, una mujer será alcaldesa de Roma. La más joven en el último siglo. Puerta con puerta con ese hermético y anacrónico Vaticano que el papa Francisco está intentando oxigenar, incluso para las mujeres, la abogada Virginia Raggi se ha impuesto en la segunda vuelta de las municipales. Pero la noticia no es ella; son unas siglas: el M5S. Toma las riendas de la capital de Italia el movimiento antieuro y euroescéptico del cómico Beppe Grillo. El partido "contra la casta". El mismo que alarmó a Europa en 2013 cuando ganaron las generales -la alianza de demócratas y liberales le impidió gobernar- y consiguió hasta 17 diputados en las europeas de hace dos años. Todos los periódicos italianos llevaban ayer en su portada el triunfo del Movimiento Cinco Estrellas en Roma, una contundente victoria sobre el candidato del primer ministro Matteo Renzi, y destacaban cómo otra mujer de su mismo partido, la economista y empresaria Chiara Appendino, de 31 años, madre de una niña desde enero, también ha vencido en Turín. El partido del Gobierno ha salvado Milán y Bolonia pero ha sufrido un revés histórico, una "derrota que quema" en palabras de un dirigente del Partido Demócrata, y que va más allá de dejar gobernar a los grillinos en pequeñas ciudades como Parma.

El M5S se está afianzando como alternativa política a los partidos históricos. No es una anécdota ni una excentricidad. Roma y Turín se han sumado a las ciudades del cambio que en España representan Ada Colau en Barcelona o Manuela Carmena en Madrid y, probablemente, se sumen a nuestra agotada campaña electoral. Me refiero a la del miedo. Al pánico por la "italianización", que no es otra cosa que advertir sobre la fragilidad y la inestabilidad del gobierno. Ya les hemos copiado términos como "sorpasso" y "casta" y, en La Italia que nos espera, Alejandro Martín le ponía cifras hace sólo unos días: desde la fundación de la República italiana en 1946, 41 primeros ministros han formado hasta 65 gobiernos en 70 años.

Si miramos quién es quién en los medios de comunicación, quién maneja los hilos y quién controla el capital, la italianización no es un futurible; es una realidad. Creciente y con consecuencias alarmantes para el ciudadano-consumidor que aún crea en la necesidad de preservar la pluralidad informativa y garantizar una mínima independencia del agresivo sistema financiero. Hablo de los dueños del periodismo, de la "financiarización" del sistema de medios. Me refiero a una de las consecuencias perversas de la globalización. La otra es el contagio. Seguimos levantando muros y abriendo trincheras, con parches ante problemas como el de los refugiados, impotentes ante amenazas como el yihadismo, sabiendo que ya no hay distancias que nos protejan. No las hubo en 2007 cuando estallaron en Estados Unidos la subprime y no las hay ahora cuando transitamos del populismo hacia el nacionalismo, el racismo y la xenofobia.

Los sentimientos, la ideología, las opciones políticas, no son una excepción. Sobre todo cuando no hay referentes a los que aferrarse en un momento de precipicio que algunos sociólogos ya han bautizado como un "cambio de época".

Venezuela, Grecia y ahora Italia. ¿Una amenaza? Reconocen desde Podemos que sí… pero para los "privilegiados" que (también) han vivido por encima de sus posibilidades durante la crisis; para los que se acomodan en el poder temerosos de abrir puertas y ventanas y para los que eluden ese principio de "regeneración" que constituye también la columna vertebral de Ciudadanos. Si atendemos los intereses del bipartidismo, romper las reglas del juego lleva siempre a un terreno difícil y desconocido. Por pura lógica al poder, los emergentes son los que más tienen que ganar; los tradicionales, los que perder. Pero es sólo una cuestión de tiempo. Si las ciudades del cambio son un fiasco, el electorado lo sancionará con la misma dureza con que ha roto el binomio PP-PSOE. Desde las municipales de hace un año, en los ayuntamientos han tenido que aprender a gobernar sin rodillo, a negociar y a ceder. Es verdad que todo es más lento y más complejo, pero es posible. La Junta de Andalucía lo acaba de demostrar bajando el impuesto de sucesiones: ¿hacía falta un socio exigiéndolo y un horizonte electoral para animar a los socialistas a tomar la medida?

Lo que debemos temer de la parálisis y el desgobierno no es el color de quien asume el bastón de mando sino el clima de trabajo que se imponga y se contagie. Primero están las ideas, los programas y hasta las utopías pero luego llega la realidad y el pragmatismo del poder. Es entonces cuando irrumpen las prioridades, las herencias recibidas y, sobre todo, las contradicciones. Porque eso significa gobernar. ¿Buenos y malos? Sería más rentable hablar en términos de capacidad, de honestidad y hasta de voluntad.

Del mismo modo que el pecado de ser joven se cura con la experiencia y la edad, ocurre con lo nuevo e incluso con el cambio, que no deja de ser un estado subjetivo y transitorio. Las (hoy) ciudades del cambio piden paso. Pero lo que más nos debería preocupar es que lo hacen contagiando y seduciendo. Con efecto dominó.

trillo

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