El Rocío 2018

Una verdad de 90 años

  • Gines y el Rocío son una unidad indisoluble, un pueblo que hizo suya esta fiesta.

  • Pocas salidas resultan tan llenas de autenticidad como la de esta hermandad.

"Yuntera". Hasta tres veces lo repite Paloma del Castillo. Esta soriana del Burgo de Osma lleva a su cargo una carreta de Gines. Enfermera de profesión, no le gusta que le llaman boyera. Prefiere que el oficio que desempeña estos días se denomine bajo el nombre de carretero o yuntero. Hace dos años se estrenó en las arenas con Écija. En 2017 lo hizo de auxiliar con los romeros de cordón verde y amarillo. "Este Rocío ya tengo una carreta a mi cargo", presume orgullosa de su logro la castellanoleonesa.

Paloma alerta a todos los peregrinos del peligro que corren si se sitúan muy cerca de las patas de las bestias. Una advertencia que se vuelve letanía cadenciosa en sus labios. "Es mi obligación avisarles", sentencia con voz firme esta mujer con sombrero de ala ancha, vaquero por encima de la cintura y camisa remangada, sin entallar. La yuntera se toma muy en serio su trabajo. Presume de haber quedado cuarta en el concurso de doma que organiza cada año Gines. Tanto le gustan las carretas que allá donde se convoque una exhibición de artes pecuarias, allá que va ella. "Lo mío no es la cocina ni el punto de cruz. Yo quiero seguir aprendiendo este oficio. Cada uno es como es", confiesa esta soriana, que cuenta las horas para adentrarse en los caminos de tierra y abandonar el adoquín y el asfalto. "Las animales lo están deseando", apostilla.

La charla con esta experta en el adiestramiento de bueyes sirve de paréntesis para el alma. Hace apenas diez minutos el corazón se había acelerado con las verdades de un pueblo que cada mayo hace suyo el Rocío. Lo lleva tan adentro que su nombre y el de la fiesta son indisolubles. Unidad íntegra. Autenticidad a prueba de años.

Ochenta y nueve caminos lleva andados Gines. Cifra que empieza a redondear este miércoles, cuando pierde la denominación de pueblo dormitorio para quedarse sólo con el sustantivo. La localidad vuelve a ser aquella "almendra" donde en los años 30 empezaron a llegar sevillanos de la capital a construir chalés para pasar el verano. Entonces la playa quedaba muy lejos y la temporada de baños estaba reservada para la aristocracia. Así lo recuerda Reyes Pérez, quien acaba de salir de la misa de romeros y acompaña a una tocaya de apellido, Virginia Pérez, presidenta de los populares sevillanos y concejal en este municipio donde la pena se cotiza muy a la baja en una mañana de gallardetes y colgaduras en los balcones. A mediados de los 90 se produjo la expansión mobiliaria. De los 2.000 vecinos se pasó a los 13.000 en poco más de una década. Una multiplicación al son del ladrillo y la hormigonera que rompió las costuras de un pueblo encorsetado en uno de los términos municipales más pequeños de la provincia.

Gines se erige esta mañana en capital del Aljarafe. En cabeza de partido de la devoción rociera. En puntal incuestionable de una fiesta en la que sobra pose y faltan verdades como las que cantan su romeros. Los hay venidos de todas partes. Gines es un imán que te atrapa una vez y te hace rehén de sus manos cada primavera. Están los que vinieron y se quedaron. Y los que son de toda la vida. Los que llevan a gala poseer una especie de ADN de esta tierra del Aljarafe: los Camino, Payán, Hurtado, Pérez... Los cuatro apellidos ginenses, émulo -pero con mucha más gracia y belleza- de la película que fue un éxito en taquillas.

Este pueblo, que soltó el dobladillo de sus fronteras con Valencina y Castilleja, se encoge cada año en los pliegues de la plaza principal. No hay salida más sentida que la del verde simpecado de Gines. La parroquia se queda pequeña para la misa. Del campanario cuelgan largas banderolas. Flores amarillas lo inundan todo. Llega la carreta. Rosas blancas y malvas. Sinfonía polícroma elegida por el prioste Raúl Ramírez -que compagina esta labor con la del oficio de periodista- y sus auxiliares Antonio María Palomar, Alejandro Martín y Daniel Tarifa. En uno de los laterales de la fachada parroquial se exhibe un cartel que reproduce la letra de la mítica sevillana de los Amigos de Gines, mandamiento principal de esta romería: "Para ser buen rociero, primero hay que ser cristiano..."

Si algo ha dado Gines al mundo rociero -además de muchos romeros- han sido sus célebres sevillanas. Patrimonio musical que suena en un rincón de la plaza mientras el simpecado desciende, con parsimonia, las escaleras que lo conducen a la carreta. Canta el coro. Canta Fernando Cano, ginense de 91 años, viudo de La Niña Juliana, alma de la hermandad. Canta El Mani, con los ojos nítidos del alma. Canta todo el pueblo, que no quiere ser espectador pasivo del momento. No hay quien no siga el compás de las sevillanas. Quien no acompañe. Con las palmas de las manos. Con las gargantas recién estrenadas a este sol de mayo.

Y antes de echar a andar, de que ya sólo quede el camino, Gines muestra la verdad de sus 90 años. El simpecado se vuelve hacia los ancianos de la residencia Monte Tabor, a los que se les ha reservado un privilegiado lugar en la salida. Sus dedos, en los que el tiempo se acomodó, acarician los borlones. Algunos los besan. Otros rompen a llorar al tenerlo tan cerca. Lágrimas del niño que siempre fueron. "Apiadarse del que sufre y a tiempo echarle una mano". Gines es una verdad muy grande.

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