Tradicional paso de las hermandades camino de El Rocío

Villamanrique, al rojo vivo

  • Coria y La Puebla del Río conquistan con sus cantes la antigua Villa de Mures.

  • Un matrimonio valenciano ejerce de hermano mayor de la corporación manriqueña.

ROJO. el color de Pentecostés. El de los cordones de Villamanrique, de Coria y de La Puebla. El de los rostros de los peregrinos expuestos al sol de un jueves que brilla más que el astro rey. El de la sangre que bombea fuerte el corazón cuando se pisan los siete escalones manriqueños. El de los ojos vidriosos al desatarse el nudo que la emoción engarzó en la garganta. El del mercurio que roza los 30 grados en esta primavera que había guardado sus mejores galas para mayo. Rojo de pasión. De fiesta. De vida.

Rojas se le han puesto las sienes a Vicente Calabuig, un valenciano que tiene este año el honor de ostentar el cargo de hermano mayor junto a su mujer, Merceces García, en la primera hermandad rociera, la de la antigua Villa de Mures, la que abre las presentaciones el sábado en la aldea almonteña y la que abrió el camino para llegar a la Blanca Paloma. Calabuig -banderín rojo en la mano- aguanta estoicamente la embestida del sol en los porches de Santa María Magdalena, la parroquia manriqueña convertida estos días en aduana romera para llegar al Rocío. La primera vez que vino por estas tierras fue en 2006. Aquel año murió Rocío Jurado en vísperas de Pentecostés. Lo recuerda perfectamente este vecino de Alboraya, "el pueblo de la horchata", como le gusta decir a este empresario agrícola. Motivos profesionales lo trajeron hace 12 años aquí y desde entonces ha mantenido una estrecha relación con la patria de Goro Medina, aquel cazador que tuvo la dicha de ser el primero en contemplar el rostro de la que acabó, con el tiempo, siendo Patrona de Almonte, municipio onubense que dista tres leguas de las marismas, como Villamanrique.

Seis años después, en 2012, Calabuig conoció su primer camino. El hermano mayor de la más antigua hermandad reconoce que "ni la fiesta ni la Fe" le movieron a empatizar con este pueblo sevillano, "sino su gente". "Son sus vecinos los que me acabaron conquistado. Y aquí estoy de hermano mayor", confiesa. Un cargo para el que "lo liaron" el año pasado, cuando a punto estaba de cruzar el puente del Ajolí. "Al darme cuenta, ya no había marcha atrás. Así que a lo hecho, pecho". Palabras que con amable gesto ratifica su mujer. Ambos se encargarán de asumir buena parte de los gastos de la hermandad en esta romería.

Hubo años en los que Villamanrique se quedó sin hermano mayor. Eran los tiempos de la crisis. Época de números rojos. De sequía monetaria en los bolsillos. Atrás quedó aquella carestía.

El pueblo se dispone a vivir su madrugada más mágica. La que acaba cuando, al despuntar el alba, a los porches llega la carreta del Simpecado. Toda Villamanrique se pone en camino. Trasunto del pueblo de Israel en busca de la tierra prometida. Se irán con el corazón henchido por el gozo que dejaron los peregrinos que rindieron pleitesía a la primera de todas. A la que es madre y maestra en el complejo arte de ser y sentirse rociero. Así lo cantan Coria y La Puebla. Pueblos del Guadalquivir que, por estos lares, mutan su piel en marisma.

La más antigua de las hermandades se pondrá en camino este viernes al despuntar el alba

Llegan los corianos con el Ángelus rezado. Cordón rojo en el pecho. Mole argéntea para cobijar uno de los simpecados más antiguos. De nuevo el prodigio. De nuevo la fuerza y el tesón. De nuevo los bueyes subiendo los siete escalones. "¡Vamos, Coria!". Y Coria se pone arriba. En lo más alto. Pódium de sabiduría ancestral. Alarde carretero. Reliquia de un arte pretérito. Vestigio del tiempo. Del paso de los años que nunca vencieron este momento. "Pero que nadie me quite, porque pa mí es sagrado, cantar en Villamanrique, delante del simpecado".

Se van los de Coria. Pasa Gelves con sus columnas negras; Espartinas con sus cintas verdes y Lebrija con sus mulos. Llega La Puebla. Otra vez el rojo en los cordones. Se pide paso en la escalera. La carreta sube hasta rozar el dintel. Los bueyes pisan el mármol del templo. Los brazos se vuelven puntales contra la gravedad. El sol pega fuerte. Retumba el suelo por cada peldaño descendido. Crujir de ruedas. Madera y metal. Sonidos de un jueves que mece una placentera brisa. Sevillanas de jóvenes promesas del cante. Y sevillanas veteranas. De las de verdad. Las que cantan Los Romeros de la Puebla. Los que ponen el corazón en un puño en ese instante en el que no se sabe la hora. Lo efímero se hace eterno. No entiende de relojes.Ni de edad. Como las buenas coplas, que hasta que nos las hace suyas el pueblo, coplas no son. "¡Esto es categoría, señores!". Grito de una peregrina que sienta cátedra en la plaza. Se van los de La Puebla. Se marchan al son del tamboril. Dejan el alma exhausta. Y el corazón, al rojo vivo.  

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