Dorador

Manuel Calvo: En busca del dorado que guste durante 50 años

  • Es la tercera generación de la familia en el oficio. Un trabajo lento y muy laborioso cuyo resultado final es lucido siempre que no llueva.

Del taller de dorado de Manolo Calvo han salido pasos tan importantes para la Semana Santa como el del Cristo de las Penas de la Hermandad de la Estrella, Tres Caídas de Triana, La Lanzada, el misterio de la Sentencia de la Macarena o, el último, el de la Coronación de Espinas del Valle el año pasado. Desde que tomó el relevo en los años 70 de manos de su padre, Manuel Calvo Camacho, este artesano del mundo cofrade, con taller en San Jerónimo, ha visto cómo muchas hermandades, de Sevilla y del resto de la geografía andaluza y española, han confiado en sus manos para dorar sus pasos. De su buen hacer depende que el trabajo de un tallista luego se vea realzado con el dorado, “tenemos una gran responsabilidad en nuestras manos, porque un buen dorado puede realzar una talla mediocre, mientras que un dorado malo estropea una talla que puede ser de una gran factura”. Para dorar un paso de misterio gastan unas veinte mil láminas de oro de 23 quilates y tres cuartos.

Opina que el oficio ha evolucionado poco en todos los años que lleva ejerciéndolo, “todo sigue siendo eminentemente artesanal y manual como cuando empecé. Aquí no cabe el trabajo mecánico”. Explica que el gran problema de este oficio “es la falta de aprendices. No hay chavales de 16 años dispuestos a aprender, ni escuelas en las que enseñen este arte. Hace falta mucho tiempo y dinero y nosotros no lo tenemos”. Afortunadamente, comenta, “mi hijo está trabajando conmigo en el taller. Ya es la cuarta generación de la familia que se dedica a esto”. Ha evidenciado de un tiempo a esta parte un mayor celo en las hermandades a la hora de cuidar los pasos, “lo que significa que un dorado puede llegar a durar tranquilamente más de 50 años”. Nacido en la Puerta Osario, este hermano de San Roque descansa al llegar la Semana Santa, una vez entregados todos los encargos, viviéndola “como cualquier otro sevillano al que le gusten las cofradías”, aunque eso sí, “con la enorme satisfacción que da poder ver tus pasos en la calle”.

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