Traslado del Amor

Preludio de Semana Santa en el segundo regreso al Salvador

  • Una gran cantidad de personas presenciaron la salida del Cristo del Amor y la Virgen del Socorro de la Anunciación · El cortejo salió a las diez menos cuarto de la noche

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La estampa volvió a repetirse. Tras lo acontecido en el traslado de Pasión, el público volvió a concentrarse de forma masiva en el regreso del Cristo del Amor y la Virgen del Socorro a su sede canónica, la iglesia del Salvador. Eso sí, hubo que esperar mucho tiempo para que las puertas de la Anunciación se abrieran y saliera el cortejo que antecedía a las sagradas imágenes.

Desde las ocho de la tarde había gente apostada en las inmediaciones del templo que ha sido sede canónica de la corporación del Domingo de Ramos durante cinco años. Imágenes propias de Semana Santa. Gente sentada en bordillos y escaparates de establecimientos y viviendas. La temperatura invitaba a ello. Larga espera. La misa duró una hora y a las nueve comenzaba el rezo de las estaciones del vía crucis en una iglesia repleta de público y a oscuras. (El misticismo del siglo XXI se impone como tendencia estética en las cofradías).

El mercurio ha subido y también el ansia de los sevillanos por ver una cofradía en la calle. Cerca de dos horas de espera. Mereció la pena. A las diez menos cuarto se ponía la comitiva en la calle. Tras una larga fila de hermanos con cirios llegaba el Cristo del Amor. Imponente el crucificado de Juan de Mesa. Llevado directamente por los hermanos de la cofradía, sin parihuela que sirviera para su elevación (tan de moda en el folclore negro que se estila en este tipo de cultos). La imagen sobresalía por sí sola. La salida por la calle Laraña era más que un Domingo de Ramos. Gente por las aceras, en la calle Cuna y en la Plaza del Salvador esperando desde una hora antes que llegara el cortejo. (Los bares también hicieron su agosto).

El cortejo fue rápido. Entre los hermanos destacó la nula presencia de féminas portando cirios. Por contra, muchas devotas detrás del crucificado. Cuando el reloj marcaba las diez y media se abría la cancela de la reja que circunda la fachada de la colegiata. Si hasta entonces el silencio había protagonizado el discurrir del cortejo, ahora eran otros sonidos los que se hacían protagonistas. Ruido de cristales y vasos rotos en el improvisado botellódromo en el que se ha convertido la escalinata del Salvador. Olor a alcohol derramado por las aceras y a ciertas sustancias que no eran precisamente del incienso que desprendían los acólitos que antecedían a las sagradas imágenes. Todo un síntoma de lo que puede convertirse este entorno en los días que llegan. En cinco años hay cosas que no han cambiado.

Al menos, no se escucharon los golpes al depositar los cirios, tal como ocurrió en el traslado de Pasión. Velas debidamente apagadas para no manchar una solería que se prepara para el próximo domingo, cuando se consagre la iglesia. A las once menos cuarto entraba la Virgen del Socorro en el Salvador. Un lustro de la historia del Amor pasaba página.

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