Cuando el cartel es un Silencio en la pared

EL nazareno del Silencio del cartel que está a la izquierda es en cierta forma un guiño autobiográfico de su autora, Concha Ybarra. No hay mujeres nazarenas en el Silencio. Ninguna de las ocho hijas de Eduardo Ybarra Hidalgo y María Antonia Mencos es hermana del Silencio. Un asunto que en esta casa de San Vicente, equidistante del Buen Fin y el Museo, fue siempre masculino. Fueron hermanos mayores del Silencio el bisabuelo, Tomás Ybarra González, el abuelo, Eduardo Ybarra Osborne, y el padre de los trece Ybarra, Eduadro Ybarra Hidalgo. Pero esta casa en la que cada Madrugá entre hermanos y primos veintitantos hombres se vestían de nazarenos de la cofradía más antigua de Sevilla es un ámbito femenino. "La casa la heredó mi madre de su madrina", dice Eduardo Ybarra, el primero de los cinco varones. Estos cinco magníficos que cuatro generaciones después mantienen el testigo cofrade de sus mayores: Eduardo, Alberto, Íñigo, Paco, Javier.

No consta que su tatarabuelo, José María Ybarra Gutiérrez de Caviedes, el bilbaíno que con el catalán Narciso Bonaplata fundó la Feria de Sevilla, fuera hermano del Silencio. Sí fue hermano mayor de la hermandad de Gloria de la Salud, de San Isidoro, como consta en un documento de 1856. Un cargo que siglo y medio después ocupa su tataranieto.

Se dice que un cartel es un grito en la pared. El de Concha es cartel de Silencio. La casa de los Ybarra está llena de signos cofrades: un cuadro de la Cena, la imagen de un nazareno de Santa Cruz -en la iglesia homónima es párroco Pedro Ybarra, primo del último Ybarra hermano mayor del Silencio-, la biblioteca familiar, con un volumen titulado Crucificados de Sevilla. Bajo un retrato de José María Ybarra, el Aureliano Buendía de esta historia, aparece otro de su hijo Tomás Ybarra, que da nombre a una calle por la que pasa los Estudiantes y en la que el vulgo situaba al Pali sentado en la puerta de su casa.

Tomás Ybarra, que fue líder del Partido Conservador, fue nombrado canónigo honorario de la catedral con derecho a enterramiento a cambio de sufragar los gastos para reparar el cimborrio del altar mayor que se derrumbó. De todos los vínculos de los Ybarra con la Semana Santa, hay uno que es muy poco conocido. Un ritual que se viene repitiendo desde hace un siglo: la donación de 75 litros de Aceites Ybarra que será bendecido en la Misa Crismal del Martes Santo. "Los curas de las parroquias toman sus porciones para bautizos y extremaunciones", dice Eduardo Ybarra, que acaba de recibir la carta del Cabildo Catedral Metropolitano con la petición del aceite.

La pintora Concha Ybarra, que en realidad estudió Psicología y optó por la pintura después de un año de meditación en China, vive en una casa cargada de historia en la que ya huele a pestiños y torrijas. Un espacio multicultural en el que Emilia y María Antonia, las dos mayores de la saga, tienen un taller de encuadernación adyacente al taller de marquetería de Javier Ybarra, el pequeño de los treces hijos de la familia. Coqui se dedica en Madrid al diseño textil y Blanca a la decoración de muebles. El nazareno del cartel de Concha comparte escenario pictórico con una rosa blanca, un clavel, símbolo de la Pasión, y referencias al otro sumando de las fiestas primaverales, la Feria del tatarabuelo: un abanico y una hombrera de traje de torero. En la biblioteca paterna, donde abundan los libros de heráldica, está la foto de Atín Aya que fue el cartel del pregón taurino que pronunció Mario Vargas Llosa. Un pregonero que tuvo como presentador a Eduardo Ybarra Hidalgo.

El padre es el número uno del Silencio. La madre también. "La numeración es distinta para hombres y mujeres". Concha dice que a su madre le gustaba el ambiente "pero no ha visto un paso en su vida". Los niños, hasta que cumplen los preceptivos 14 años para salir de nazarenos, participan como pajes, servidores o en el cortejo litúrgico de la Virgen.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios