Sin opciones y abocados a la desesperanza

  • Una jornada fiel a su leyenda más negra que completa la secuencia de tres jornadas seguidas sin ninguna cofradía en la calle.

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LA última cofradía que viste fue la de los Panaderos bajando por el estrecho enjambre de Francos y Álvarez Quintero. Algo te decía que el cimbreo de aquel olivo y el estruendo de aquella cornetería podían ser lo último que tus sentidos captaran en muchas horas, quién sabe si en mucho tiempo. Qué barbaridad. Llegaste al Viernes, como siempre, con las ganas de vivir el día más bonito de la Semana Santa, porque hace unos años que llegaste a la conclusión que la jornada de luto por excelencia es la más bonita. El público dista mucho de los rumiantes comepipas y las gafas de sol alzadas de la tarde del domingo. El Viernes tiene cofradías de corte romántico, clásico a más no poder, y eso sirve para que te reencuentres con la mejor Semana Santa, la menos adulterada, la más auténtica.

Es un día que hasta merece ser contemplado durante algunas horas en el interior de la Catedral. Pero también sabes que la historia de este Viernes está ligada al agua. Por eso cuando viste la amanecida del día, sin Esperanzas en la calle y con el cielo cárdeno llorando a cada minuto, saliste a la calle abocado a la desesperanza. No iba a haber opciones. No las hubo. Sabías que no las iba a haber. Pero saliste. ¿Por qué? Porque la casa se te caía encima después de un Jueves y una Madrugada terriblemente vacíos. Saliste a buscar nada. A deambular, casi a vivaquear por unas calles del centro. A hacer cola, a esperar que unas puertas se abrieran y apareciera una cruz de guía. Se oían unas risas en off cada vez que la radio escupía el teletipo del cerrojazo.

El Cachorro no sale. La O se queda en casa. San Buenaventura pide una prórroga. Ibas quemando los cartuchos de la escopeta mojada del Viernes. Cada vez te quedaban menos templos a los que acudir como un perrillo desesperado a la búsqueda de un amo repentino que te diera una caricia de lomo. Ibas viendo las mismas caras en Triana, en Carlos Cañal, en la Costanilla, en San Pablo. Sois los mismos que no sabéis qué hacer, el mismo tramo de sevillanos a la búsqueda de un imposible. Mejor estar en la calle, de tertulia, que en casa temiendo que el techo se desplome sobre tu cabeza.

Te fijas en los nazarenos chorreados. Regresan a casa en pequeños grupos. Algunos llevan pajecillos de la mano. Es lo único que vas a ver en toda la tarde. Qué digo en toda la tarde, en las tres últimas jornadas. Y piensan en aquel trienio negro de Viernes pasados por agua, cuando la de San Isidoro estuvo tres años consecutivos sin salir, tres años privada la ciudad de la Casa de Oro de la Virgen del Loreto, tres años sin el último ruán negro de la Semana Santa. Mira que si éste es el nuevo comienzo de otro periodo horribilis. Ves ilusos en la calle Córdoba esperando la cruz de guía. Están ahí porque no saben hacer otra cosa. Las tiendas de los chinos son las únicas que tienen público. Las torrijas de los hornos comienzan a combarse en la particular expiración del pan.

Esto se acaba, amigo. Se ha esfumado más dolorosamente que nunca. Ya sabes que hay cosas bastante peores en la vida, sobre todo con la crisis que está cayendo. Que la Semana Santa se vea huérfana de 29 cofradías cuando acaba el Viernes Santo es un drama emocional, pero hay dramas en este valle de lágrimas bastante peores y bastante más reales. Consuelo. Aun así, caminas sumido en cierta tristeza. Montserrat no sale. Adiós. Ya no hay más cartuchos. Ya no hay pretexto para seguir en la calle. Puede ser ya un viernes cualquiera. Y ahí te duele. Que parezca un viernes cualquiera del invierno. O, mejor dicho, del otoño. No, no podía ser un viernes más, no podía acabar como un viernes más. No todos los viernes te topas con un nazareno de la Mortaja por la calle Méndez Núñez cuyo capirote parece un tejado a dos aguas escupiendo gotas. No todos los viernes hay tanto color negro en los trajes.

Cuando te das cuenta, estás fabricando tu propia realidad a base de detalles para protegerte, para blindarte de la sensación de pérdida, para autoconvencerte de que no todo se ha esfumado. Porque dos años de espera es ya un tiempo demasiado largo. Y a estos Viernes Santos de tormento nunca se termina uno de acostumbrar. Ni tú, que saliste buscando la nada, ni nadie. Así es la Semana Santa. Quien la vivió, lo sabe.

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