Sevilla fc-barcelona · la crónica

La candidez evita el rol de equipazo (2-2)

  • El exquisito Sevilla de Banega, Franco Vázquez y compañía se topa con su mal endémico para no derrotar a un Barcelona al que tuvo contra las cuerdas.

  • La inocencia en el remate privó a los blancos de un claro triunfo.

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El Sevilla pasó en apenas dos minutos de la euforia a la mayor de las frustraciones. La escuadra de Montella, después de un recital de fútbol que debía haber bastado para ser el primero en derrotar al Barcelona en el presente curso liguero, se topó con la cruda realidad de su impericia a la hora del remate. Todo se fue al traste por la inocencia de Muriel, Jesús Navas e incluso Layún, que desperdiciaron no menos de media docena de ocasiones clarísimas de gol para haber rematado al coloso blaugrana por la sencilla razón de que son cándidos hasta decir basta. No se puede tirar al limbo el caudal de fútbol que manaba del triángulo Banega-Franco Vázquez-N’Zonzi, pero este deporte no entiende de supuestos y se basa únicamente en el resultado, en meter la pelota entre los tres palos del adversario. Y en eso todo se dilucidó con un dos a dos, no hay más.

Ésta es una dura lección para quienes prefieren quedarse con el juego en lugar de con el resultado, entre los cuales no vayan a buscar jamás a quien suscribe este relato de los hechos. El fútbol sólo entiende de la anotación final en el acta del árbitro, en este caso de González González, y no habría más que mirar los rostros de todos los sevillistas a la salida por los vomitorios del Ramón Sánchez-Pizjuán. Claro que estarían orgullosos del esfuerzo de los suyos, por supuesto que sí, pero igualmente el cabreo sería tremendo y no habría ni uno solo que no repasara en el disco duro de su mente esa acción de Jesús Navas delante de Ter Stegen cuando lo intenta driblar y después permite que Piqué despeje junto a la línea de gol por su disparo sin dirección. O también las continuas llegadas de Muriel con disparos más propios del patio de los Salesianos que de un futbolista profesional que dice tener cosas de Ronaldo Nazario. O hasta esas dos que tuvo el recién ingresado Layún, fresco se supone todavía para tomar la decisión más adecuada, saldadas con disparos al muñeco cuando lo acompañaban tanto Muriel como Franco Vázquez.

Una vez más, el excelente juego, no completo ojo pues éste exigiría el remate, la cualidad principal del fútbol, se fue al garete por la sencilla razón de que este Sevilla, el del curso 2017-18, carece de la mala leche necesaria para hacerle pupa al rival cuando lo tiene sometido. Se pueden utilizar todos los términos que existan en el vocabulario balompédico, es decir, carencia de colmillo, de maldad, de astucia, de verdad en definitiva. Todas los caminos conducirían al mismo sitio y ése es un factor fundamental para que la sonrisa acompañe al final de citas tan trascendentes, sobre todo cuando quien está enfrente es un Barcelona que aún no ha perdido en toda la Liga y que dispone de justo lo contrario, de un Luis Suárez y un Messi, sobre todo un Messi, que la colocan en el sitio justo en la primera que tiene para tumbar todo el trabajo de quien está enfrente por muy brillante que éste haya podido ser.

Ése fue el caso del ensayo general para la final de la Copa del Rey que tuvo lugar en el césped de Nervión. El Sevilla demostró que tiene futbolistas de sobras para pelear con cualquiera a un solo partido, que incluso lo puede destrozar por la calidad, infinita, de este triángulo que integran Banega, N’Zonzi y Franco Vázquez, pero existe un pero irresoluble, que le cuesta un mundo convertir todo eso en goles por esa candidez de quienes se tienen que encargar de transformar ese juego en goles.

Y no, no estoy de acuerdo con quienes lo fundamentan en este caso en la calidad. Jesús Navas, Muriel y Correa tienen muchísima clase, son capaces de hacer un ocho a un defensa si es preciso, como el extremo palaciego; de darle el pase que le da el Tucu a su compatriota Franco Vázquez en el uno a cero; o de volver loco a un central, tal y como ha evidenciado más de una vez el delantero cafetero... El problema, por tanto, no se fundamenta en la carencia de calidad, sino en algo más importante para ser una estrella de este deporte, que es la frialdad, la mala leche, a la hora del remate, de saber que ahí está la sonrisa en el fútbol. Ése es el gran déficit, sin ningún género de dudas, y quedó más que demostrado en este Sevilla-Barcelona.

Un partido que tuvo un contenido para exquisitos. El Sevilla planteó el juego con su tradicional dibujo de 1-4-4-2, con Jesús Navas y Correa en los extremos, y un triángulo mortal a la hora de robar y salir tocando. También sus zagueros estuvieron seguros, con Escudero saliendo muchísimo más al ataque que Mercado, por supuesto. Es evidente que el Barcelona partió sin Messi y eso también hizo más fácil el camino.

Pero el juego del Sevilla no se puede desmerecer por la ausencia de un rival, por muy Messi que sea. Los blancos fueron controlando la situación y ya tuvieron un cabezazo franco de Correa antes de que éste conectara con Franco Vázquez para el uno a cero. Y el recital llegaría tras el intermedio, con Layún en el campo para evitar la segunda tarjeta de Mercado.

Layún se lamenta. Layún se lamenta.

Layún se lamenta. / Antonio Pizarro

El Sevilla aprovechó que el Barcelona se desprotegió algo más para salir a la contra una infinidad de veces, siempre con calidad, con criterio para buscar los caminos, para plantarse en solitario en las cercanías de Ter Stegen, pero sólo acertó en una de ellas, precisamente en una acertada presión en la salida del guardameta alemán con los pies. Ahí robó la pelota Escudero y se generó el segundo tanto, aunque Muriel necesitó que la pelota rozara ligeramente en la pierna de Umtiti para que su remate se fuera hasta el palo, primero, y al fondo de las redes, después.

El trabajo de los nervionenses se había plasmado en el marcador y ni siquiera disminuyó el caudal de fútbol cuando Valverde apeló a Messi para que éste ejerciera como lo que es, como el mejor pelotero que jamás haya pisado un campo de fútbol. El Sevilla siguió a lo suyo y el primero que debió haber anotado el tercero fue Jesús Navas en el minuto 55, pero aún hay que pellizcarse para hallar una explicación lógica a su error. Ahí apretó el Barcelona, como es lógico, y los anfitriones aceptaron el pulso, pero debieron rematar y no lo hicieron por su inocencia. Justo lo contrario que Luis Suárez y Messi. Así que troquen euforia por frustración. Con semejante candidez es lo más lógico.

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