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El inesperado y áspero frío del páramo

  • El Sevilla cae otra vez al socavón de la Liga en la dulce resaca de la Champions

  • El eje Banega-Mudo gripa ante el brío del Leganés

José Castro, junto a Vincenzo Montella y Óscar Arias en el banquillo de Butarque, antes del inicio. José Castro, junto a Vincenzo Montella y Óscar Arias en el banquillo de Butarque, antes del inicio.

José Castro, junto a Vincenzo Montella y Óscar Arias en el banquillo de Butarque, antes del inicio. / fotos: inma flores

Si la Liga vuelve a ser la competición europea mejor representada en los cuartos de final de la Liga de Campeones es, entre otras cosas, por la competitividad que ofrece cada fin de semana. Competir, sin medias tintas, es la única forma de subsistir en el campeonato con más aristas de Europa. Bien es cierto que al título de campeón apenas aspiran los dos gigantes, ora Real Madrid, vigente campeón, ora Fútbol Club Barcelona, candidato preclaro a realizar el relevo. Como en un turno pacífico que habría firmado el mismísimo creador del turnismo político de la Restauración, Antonio Cánovas del Castillo. Es la ley del páramo hispano, frío y áspero en invierno.

El Sevilla se presentó en Leganés, uno de esos lugares que jalonan de aristas la Liga, sacudiéndose los elogios de la hazaña en Manchester y se quedó desnudo. Del corazón industrial inglés, frío y húmedo, a la corona de Madrid, seca y ventosa. De Old Trafford a Butarque, donde el sol matinal parecía como pintado. Apenas daba calor y transmitía frío ver cómo se arropaban bajo las capuchas en el banquillo sevillista. Y Vincenzo Montella, sorprendido por ese frío inhóspito de la meseta, fue incapaz de paliar el contraste anímico y físico entre el Leganés y el Sevilla. Apenas realizó un par de cambios respecto al once de Old Trafford: Layún por Mercado y Ben Yedder por Muriel, además del obligado de Nolito por Correa, que estaba sancionado. Y el equipo se rompió en el eje.

Para contrarrestar el brío del rival, habría hecho falta más verdad, más hambre en cada cruce, en cada control, en cada intento. Haber abandonado por una vez el academicismo del buen trato a la pelota. Y gente fresca, con ganas de reivindicarse. Ay, el once base.

El Leganés, toda la semana pensando en el Sevilla, tenía ganas de revancha por su eliminación en las semifinales de la Copa. Y la lección aprendida. Y en el minuto 10 ya podía ir 2-0, con Amrabat como protagonista. El doble zamarreo espabiló algo al Sevilla, entumecido ante las acometidas de un rival muy coordinado para la presión. Pero esa reacción apenas dejó un disparo de rosca de Sarabia a pase de Ben Yedder.

Sin continuidad, sin ánimo de rebeldía, dejándose llevar por la inercia, Banega y el Mudo cortocircuitaron el juego sevillista. Y N'Zonzi intentó en vano abastecer al pusilánime ataque. Nolito, por ejemplo, empleó más energía en golpear el césped tras un disparo fallido al inicio que en meterse en el lío. El despiste múltiple en un córner en corto derrumbó la pujanza del Sevilla, cuya segunda parte, sin capacidad ninguna de reacción, fue un dudoso ejercicio de impotencia. ¿O era desidia? Montella, una vez más, mostró su desdén hacia la Liga, o su desconfianza hacia los outsiders de su plantilla. Y los rivales acechan.

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