En los medios

Centauro y renacentista

Ángel Peralta, montando en el Rancho el Rocío en septiembre de 2000. Ángel Peralta, montando en el Rancho el Rocío en septiembre de 2000.

Ángel Peralta, montando en el Rancho el Rocío en septiembre de 2000. / Juan Carlos Vázquez

Por sus venas corría la memoria de aquellos caballeros-rejoneadores y varilargueros, hombres de honor a quienes se anunciaba con el don por delante. Don Ángel, así se conoce y conocerá en el mundo de la tauromaquia a Ángel Peralta, nacido en La Puebla del Río en 1925, ganó este tratamiento por su sabiduría en los ruedos y su amplio registro en otras artes, además del toreo. Don Ángel comenzó su gloriosa singladura en el toreo a caballo en La Pañoleta el 19 de febrero de 1943 a lomos de Favorito, lidiando una vaca de Daniel Salas, cortando una oreja, cuando su sangre galopaba en las Marismas sevillanas con una fuerza, un vigor y una casta ejemplares, que siempre le han acompañado.

El Centauro de las Marismas plantó su semilla torera entre otros lares del planeta taurino en el albero de la Maestranza, donde se erigió como primer rejoneador que cortaba un rabo en esta plaza, en la Feria de Abril de 1971. Una Maestranza en cuyo museo quedó inmortalizado en una escultura de Luis Sanguino. Caballista excepcional, fue creador de algunas suertes como la de la rosa y parte esencial de ese trébol de cuatro hojas que fueron Los cuatro jinetes del Apoteosis -junto con Álvaro Domecq, Lupi y su hermano Rafael- que recuerdan con nostalgia los aficionados al Arte de Marialba.

Susurrador de caballos, a los que sólo les faltaba hablar, como Favorito, Gavioto, Ingenioso y Mecano, o de aquel Brujo, pura magia, recorrió todas las plazas de España, Francia, Portugal y la América taurina tanto en activo como retirado porque en sus últimos años ejerció como maestro y apoderado de la amazona francesa Lea Vicens, a quien dio la alternativa en Nimes cuando ya contaba 88 años de edad. Y es que como el propio torero sentenció: "La edad vive en la ilusión y no en el tiempo".

Humanista, unió a sus poderosas riendas su paso por el celuloide y su poso en una pluma templada. Dejó su impronta como actor en La novia de Juan Lucero, junto a Juanita Reina o Cabriola, con Marisol. Se adentró en la escritura con varias obras referentes sobre el rejoneo, desde Caballo torero, con aguatintas del pintor Capuletti, hasta llegar a Desde mi caballo o El Centauro de las Marismas. Poeta, también nos acercó sus pensamientos que traslucen al hombre reflexivo, que a la vez ha bebido la vida trago a trago, con su gloria y su dramatismo. Un hombre que cantó a la existencia y al amor con rocieras y sevillanas que se hicieron universales, como aquella "Y se amaron dos caballos...".

Con la bandera de su invención también puso en boga artilugios para mejorar la vida de sus caballos, como el cajón de curas o los primeros elementos del acondicionamiento para el transporte de las cuadras de los rejoneadores.

Y fue más allá, al lanzarse como veterinario espontáneo en plazas polvorientas para salvar con sus propias manos la vida de algunos de sus queridos caballos, cuando habían sido heridos. Incluso, en esa toma de decisiones en segundos, con esas mismas manos, salvó la vida de Jaime Ostos en aquella dramática cornada que sufrió el ecijano en Tarazona de Aragón y cuya dantesca escena me describía hace unos años el propio Ostos, agarrándose la pierna herida, mientras bendecía a Peralta.

Ahora, a sus 93 años, Don Ángel, un hombre que hizo historia en los ruedos y que guió su vida como un renacentista, saltó una de las vallas del marismeño Rancho El Rocío y ya galopa con temple y arte por esa pradera azul reservada a uno de los mejores rejoneadores de la tauromaquia.

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