KAE 110: ¡Fuego!

  • Crónica de un incendio que nunca existió: así trabajan los casi 5.000 profesionales del Infoca en Andalucía.

El vigía del Higuerón, en la sierra de Grazalema, tiene en su trabajo estupendas vistas. Ante sus ojos se extiende un manto de pinos y alcornoques que se pierden en Ronda. Le pagan por mirarlo. Espera la aparición de una pompa de humo. Como él, hay otros catorce buscadores de pompas de humo en la provincia de Cádiz y más de 220 en Andalucía. Sus torres dominan toda la región. No hay fuego que se escape a sus ojos. El vigía mira su reloj y, a la hora convenida, lanza la alerta. “Humo en Monte Higuerón”.  No necesita coordenadas, sus dominios son la palma de su mano y esa finca es, con seguridad, esa finca. Empieza el simulacro.

12 minutos. Es el tiempo que pasará desde que el vigía da la alerta al Centro de Defensa Forestal de Algodonales y llega el retén. Cualquier demora superaría el tiempo medio de respuesta. Hace veinte años, antes de que el Infoca modernizara la lucha contra el fuego, la respuesta era de media hora.

Los siete hombres del retén KAE 110, gente curtida, abandonan la sala de formación y agarran sus equipos de las perchas. Acaban de echarse al hombro un casco, gafas, mascarilla, cantimplora, manta ignífuga, tenazas, vendas, loción para las picaduras, amoniaco, ibuprofeno... y un mechero. ¿Un mechero? “El fuego se detiene con fuego –cuenta un miembro del retén–. Si te ves rodeado, quemas, haces un círculo de seguridad mientras llega la ayuda. ¡No arde lo que ya ha ardido!”, grita en la lejanía, cuando su voz  es triturada por las aspas del helicóptero en el que se eleva con sus compañeros.

Si realmente hubiera un fuego, en ese helicóptero irían José Antonio González, veterano director de extinción, y José Luis Vila, responsable de Egmasa. Como no es así, recorremos en un coche la espalda de Zahara de la Sierra. Cortadas como con cuchillas se aprecian heridas en el monte. Son cortafuegos realizados durante el invierno, 800 kilómetros de cortafuegos.

Un incendio señaló a José Antonio su destino. Ocurrió en Ubrique, su pueblo, cuando era un chaval. Se ofreció a ayudar y aquel día supo qué quería hacer. A los lados observa la panorámica de manchas de tierra quemada que dejaron viejos incendios. Los ha apagado casi todos y recuerda cada uno de ellos. En una curva se descubre Monteprieto, pero él no habla de Monteprieto. “Yuyu”, dice como toda explicación. Allí murieron en el 92 seis personas. Fue una maldita mala suerte. Inversión térmica. Por la noche parecía que se había apagado. No había llamas, pero tampoco humedad. El calor la había absorbido hasta dejarla a cero. El aire del valle era yesca. El primer rayo de sol rompió la campana, la falsa calma, y aquello estalló como una olla exprés. Si uno calienta un papel hasta que adquiere el color marrón y, a continuación, acerca un cigarrillo, el cigarrillo prende. Inversión térmica. “Yuyu”. La mayor tragedia de la provincia en extinción de incendios en dos décadas. Una terrible enseñanza.

José Luis es gallego, un ingeniero de montes capaz de tener ordenadas mil cosas en la cabeza. En el incendio de julio de Zahara de los Atunes, que congregó una docena de retenes, pilotos, dotaciones militares, en fin, un montón de gente, José Luis, encargado, entre otras cosas, de la intendencia, entró en una venta y le dijo con toda naturalidad al ventero: “Quisiera 300 bocadillos, por favor”. “Ya, 300...” Eso. Y en otro incendio todo un grupo de extinción cayó en una charca de puercos. Grandes problemas, grandes soluciones. En el chino más próximo se hizo con 38 calzoncillos.  José Luis cruza los dedos. Para ser un verano en el que se ha dado demasiadas veces la conjunción de los tres treinta (30% de pendiente. menos de 30% de humedad y viento de más de 30 kilómetros hora) se está salvando de grandes incendios. Esto le hace albergar esperanzas de que pueda celebrar su cumpleaños. Lleva años sin hacerlo. El monte se empeña en arder el día en que nació.

En la finca pública Monte Higuerón espera la gran sonrisa de Ángel Cabezas, agente de medio ambiente, un corpulento hombre de Algar. Ángel forma parte del ecosistema del monte. Dejó de contar horas en incendios cuando llegó a las 500. Cada incendio lo ha vivido ya cinco o seis veces. Es confidente del fuego, lo conoce como a un hermano, sabe cómo piensa, cómo se conduce, qué será lo próximo que haga. Y, como todo hombre que lucha con el fuego, tiene su propia ballena blanca, el incendio de su vida. Fue en Galicia, en sus años de estudiante. “Un incendio de copas”, resume.  Un incendio de copas se produce cuando el fuego sube. Aquella noche en Galicia el fuego se elevó sobre los pinos y empezó a extenderse, a verterse sobre el campo, pero sin tocar el suelo. Ángel corrió como alma que lleva el diablo. El fuego parecía quemar gasolina y “la noche se iluminó, la luz de las llamas era un inmenso resplandor rojo, cegaba como si fuera de día”. Y él huyó, maravillado por la voracidad y la belleza del fuego en estado salvaje, el fuego desbocado.

Es una coreografía perfecta. El retén desciende del helicóptero en ordenada formación. Azadas, sierras mecánicas y pulaskis forman parte del armamento. A buen ritmo alcanzan la pista que les llevara al lugar más cercano del supuesto fuego. El capataz del retén localiza el lugar y por radio informa de las coordenadas. Ya no hay pérdida para los refuerzos. José Antonio ordena cavar una zanja que detenga el avance del fuego, a unos 70 metros del lugar que arde. “Anclamos”. Escoge el puesto de mando. En un gran incendio, que es aquél en el que arden más de 500 hectáreas, un director de extinción puede llegar a tener a su cargo más de un millar de personas.

Al ordenar el anclaje, está, de momento, renunciando a cerrar el perímetro y rodear todo el fuego para, a cambio, asegurar la casa habitada que se encuentra a la espalda. Quiere pararlo en una línea que irá desde la  pista,  al sur, hasta un arroyo al norte. Los miembros del retén siguen su danza. Cada zoletazo de uno de estos hombres de campo es más eficaz que cinco que diera un novato. Un estudio de la Universidad de León asegura que el esfuerzo que realiza cada uno de estos trabajadores en un incendio  es similar al de un ciclista en una etapa del Tour. Trabajando a cerca de 50 grados, finalizarán su tarea con seis kilos menos de agua. Incluso se calcula el límite. No hay hombre que pueda trabajar más allá de las 600 kilocarías por metro, que es casi como tener fuego en la cara.

Junto a José Antonio se encuentra Carlos, pegado al ordenador. Es el responsable de análisis de fuegos. En la pantalla de ordenador, una ortofoto del lugar y un cálculo de probabilidades. Carlos lo sabe todo del fuego. Y no odia al fuego. “Hemos olvidado que el fuego limpia. Nos empeñamos en apagar todo lo que arde y lo único que hacemos es amontonar combustible”. En Jellystone, el parque del oso Yogui, se declaró hace diez años un incendio que lo destruyó por completo. Tenía el mejor equipo de extinción del mundo y durante años no se había permitido que ardiera ni una hectárea. Cuando el fuego se decidió a llevarse lo suyo, había tal material para arder que nadie lo pudo detener.  En los montes andaluces el final de los trabajos tradicionales del carboneo y el pastoreo está dando mucho alimento al fuego. Se mitiga con los trabajos forestales del invierno, pero hay preocupación. Cuando el fuego llegue... Si Ángel en la película Tiburón sería el cazador, Carlos sería el ictiólogo. Su conocimiento es científico. Y la ciencia y su ordenador le dicen ahora que “la carrera potencial  del (ficticio) incendio bajará  hasta el barranco y se irá abriendo el flanco. La cornisa es de arista y el  viento de 20 kilómetros hora a favor de pendiente, lo que llevará el fuego a la vaguada. Si el fuego supera este punto –señala en el ordenador–, saltará a esta segunda zona crítica y quemará esta olla”.

José Antonio ya sabe cuál es el punto crítico, el lugar en el que hay que hacer un ataque directo al fuego (la zanja y el colchón de espuma son ataques indirectos), sabe qué es lo que tiene que arder y lo que se puede salvar. Justo en ese momento sobrevuela el helicóptero y acciona una bocina. Una ducha de 2.500 litros refresca el ambiente e intimida al ficticio fuego.

El siguiente paso es ensayar una evacuación, con tan mala suerte que un miembro del retén ciertamente se ha doblado un pie. La evacuación se hace con un herido de verdad. Es Miguel que, con cara de mareo, quita importancia al incidente: “Si yo he trabajado hasta tres días seguidos con la clavícula rota”, e insiste en que lo del pie, que en segundos se le ha puesto como una bota, es una tontería.

Cuando José Antonio da por finalizado el simulacro, se vacían decenas de botellas de agua mineral. Ahora sería el momento de los forenses, los que buscan el origen, el CSI. Cuentan que en Las Hurdes crearon un frente de fuego rociando de gasolina a un conejo, prendiéndolo y echándolo a correr. Lo normal son cartuchos con alambres y trapos. Los pirómanos esperan su momento. José Luis mira la vegetación y  detecta un tenue levante, su maldito enemigo, el viento que quema. Dentro de tres días es su cumpleaños. Resopla.

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