Don de la errancia

Indisociable de los bulevares, los pasajes o las plazas de la ville lumière, la figura del flâneur fue uno de los iconos de la modernidad incluso antes de que el trazado de París fuera radicalmente reformado por el controvertido Haussmann, destructor de la ciudad antigua y urbanista visionario cuyas ideas siguieron todas las grandes capitales de la segunda mitad del XIX. Ya en el siglo XX autores como Fargue, Hessel o sobre todo Benjamin, tan devoto de Baudelaire, escribirían lúcidas reflexiones sobre el paseante urbano, caracterizando su perfil desde una perspectiva filosófica, pero su rastro en la literatura era muy anterior y puede remontarse a obras pioneras como esta deliciosa Fisiología del flâneur (1841) de Louis Huart, publicada un año después del famoso relato "El hombre de la multitud" de Poe que respondía, en muy otro registro, al mismo asombro contemporáneo ante la ciudad innumerable.

Perteneciente a una serie de breves tratados, recogidos con el título genérico de Fisiologías, en los que el escritor, periodista y director teatral abordó una suerte de bienhumorado retrato sociológico de su tiempo, la monarquía entre revoluciones que desembocaría en el Segundo Imperio, este dedicado al tipo parisino por excelencia define al flâneur por sus cualidades físicas y morales, distinguiendo a quienes saben disfrutar del genuino "don de la errancia" de los pasmarotes, los "simples mirones" o los trotacalles, también de los militares ociosos o los meros granujas. Huart usa de ese estilo ligero, caprichoso y divagatorio que es propio de los buenos articulistas de costumbres, de algún modo emulando el "caminar sin rumbo" de la figura analizada, pero ejerce asimismo como risueño moralista y deja al paso, entre observaciones pintorescas, no del todo desencaminadas, un vivo y encantador retrato del peatón vocacional, a la fuerza solitario: piernas, orejas y ojos, poco pensamiento y mucha imaginación, la "capacidad de suspender la conciencia" y una razonable inclinación a la alegría.

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