¡Enemistado con el mundo!

  • Cerca de Kleist, Beckett, Bernhard o Kraus, el austriaco Werner Kofler podría alinearse junto a esos escritores que George Steiner llamó "virtuosos del odiar".

Al escritorio. Trilogía Alpina I. Werner Kofler. Trad. Carlos Fortea. Ediciones del Subsuelo. Barcelona, 2014. 168 páginas. 18 euros.

Por primera vez se traduce al castellano un libro de Werner Kofler, austriaco terrible, minoritario y marginal de las letras en lengua alemana, polemista irredento que murió antes de tiempo, en 2011, dejando un exigente testamento literario (textos, novelas, obras de teatro, relatos radiofónicos) de difícil catalogación. Al hojear Al escritorio, el primer volumen de su reconocida Trilogía Alpina -que la barcelonesa Ediciones del Subsuelo pretende editar en su totalidad- esta complejidad parecería clausurada, pues no resulta arduo alinear a Kofler junto a aquellos que el pensador George Steiner, comenzando desde Juvenal, calificó de "virtuosos del odiar", más si cabe después de la consolidación internacional del austriaco iracundo por antonomasia, Thomas Bernhard, bajo cuya alargada sombra bien podría encontrar acomodo y definición. Pero es precisamente en la relación entre Kofler y Bernhard -sólo una de las voces que habita un volumen en el que se le llega a calificar de "el guiñol de Olhsdorf"-, al contrastarlos, donde puede relucir la singularidad del primero, si acaso -como en su día Borges dijera de Lovecraft en relación a Poe- su primer y pionero parodista, su principal satélite, el representante de una literatura menor que en cierto sentido acabó llegando más lejos que la del celebrado padre putativo (Bernhard, se dice en esta primera entrega de la trilogía, "seguía escribiendo para integrarse en la literatura universal").

Y eso que en Al escritorio Kofler reitera por momentos los estilemas bernhardianos más reconocibles -el arte de la paráfrasis: prosa musical, reincidente, que se autoexamina mientras avanza ("el así llamado..."; "como suele decirse")- su correlato temático -la mancha indeleble del Tercer Reich en la contemporaneidad austriaca; la confesión del testigo, de quien escucha sentado, allí en un sillón orejero (Tala), aquí en un tren rumbo a Alemania, para luego escribir haciendo "senderismo dentro de la cabeza"- y su reflejo extraliterario -las invectivas explícitas y maliciosas a políticos, personalidades y colegas (especialmente divertidas las dedicadas al propio Bernhard o al ingrato Süskind de El perfume, cuyo "síndrome" se inventa aquí al olor de una montaña de bragas en un mercadillo de segunda mano)-, que convirtió a Kofler en otro habitual de disputas públicas y sesiones de juzgados. Esta literatura crítica, este "acto de venganza" en palabras del propio escritor, no vale, sin embargo, por sí mismo a no ser que se ponga en perspectiva, que se asista a su nacimiento, a su irrupción. Y en esto se aleja Kofler de Bernhard (al menos del, digamos, mainstream, no así del dramaturgo o del autor de la minusvalorada El imitador de voces), en el dibujo de un afuera literario donde emerge el poder cautivador y radical de la escritura.

A ese lugar y tiempo inefables remite este escritorio en el que uno imagina a Kofler como al demiurgo del Sátántangó de Béla Tarr, mascullando en su soledad sonora; desde esa atalaya alpina lanza palabras-flecha a sus múltiples objetivos, una vez clausurados el fantasma de la identidad y la utopía de la subjetividad: decimos Kofler por decir algo, pues es la mejor manera, o al menos la más sencilla, de nombrar a este narrador inconstante y metamórfico que se traviste de heterónimos para combatir la realidad, arremeter contra literatos con nombres y apellidos o denunciar la hegemonía de una "sociedad del espectáculo" que ha transformado a ese abrumador y real compañero que siempre fue la memoria en un parque temático para los antojos de pequeños miserables que la confinan en la estrechez de sus ideologías. Y es que este más allá o acá de la identidad literaria, este "acto anárquico" que aniquila narración y personajes con la intención de intercambiarlos por un conjunto de voces que no tarda en constatar un nuevo fracaso ante la tozuda realidad, no supone merma alguna en la persecución de una ética, sino todo lo contrario; es la única manera de plantearla, parece decírsenos, fuera de la representación, fuera del mundo y del sujeto. Cerca de Kleist o de Beckett, también de Bernhard y de la antorcha humeante de Karl Kraus, Kofler invoca y escenifica en Al escritorio un antiguo descalabro, el del lenguaje, para medir sus fuerzas a la hora de proponer un sustituto. De esta invitación al abismo uno puede quedarse con la rabia de quien despedaza y deconstruye el mecano, pero esto supondría obviar el precioso destello de fondo, la adicción desesperada a lo humano que nace de estos vitalistas odiadores que ríen y lloran como niños.

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