Tiempo de editores

  • Pese a una sensación de final de época, hay en las siguiente generaciones excelentes profesionales.

Es costumbre repetirlo, pero la prensa española no suele mostrarse generosa con las personas vinculadas a los medios de la competencia ni siquiera en el momento de su muerte. De Javier Pradera Gortázar (1934-2011) muchos tenían una imagen -bastante parcial si tenemos en cuenta su dilatada trayectoria- que lo retrataba como a una suerte de taimado comisario político, un poder en la sombra que dictaba la agenda de los gobiernos o trasladaba sus consignas bajo la especie del columnismo independiente. Puede que tal imagen no fuera completamente infundada, pero sin duda era incompleta. Por referirnos únicamente a su labor editorial, que es de lo que aquí se trata, y dejando al margen su papel como fundador (1990) y codirector, junto a Fernando Savater, de la revista Claves de Razón Práctica, el abogado donostiarra fue el primer responsable en España del Fondo de Cultura Económica, la benemérita editorial mexicana, entre 1963 y 1965, pero ya antes había trabajado en Tecnos, a comienzos de la década. Fue el entonces director del Fondo, Arnaldo Orfila, quien le pidió que se hiciera cargo de la sucursal española y cuando este abandonó la editorial para fundar Siglo XXI, Pradera lo acompañó en su nuevo proyecto. Como recuerda Xavier Moret en Tiempo de editores (Destino, 2002), Fraga Iribarne acababa de llegar -en julio del 62, aunque la nueva ley de Prensa e Imprenta no entraría en vigor hasta el 66- al Ministerio de Información y Turismo, y una de las labores de Pradera consistió, de acuerdo con sus palabras, en "sacar de la censura todo lo que había", cientos de títulos entre los que él mismo destacaba la cuarta edición, ya póstuma, de La realidad y el deseo (1964).

Pero es su gran trabajo en Alianza Editorial el que ha merecido, con razón, los mayores reconocimientos. Fundada por José Ortega Spottorno, el hijo del pensador, en 1966, tras su experiencia al frente de la reflotada editorial Revista de Occidente -que tomaba su nombre de la cabecera homónima-, Alianza contó con la aportación fundamental de Jaime Salinas, que había abandonado Seix Barral -donde se formó como editor- poco antes de la muerte de Víctor Seix en un desdichado accidente ocurrido durante la Feria de Frankfurt de 1967. Llegaba tarde a la ópera, recuerda Carlos Barral, y un tranvía lo atropelló cuando salía del hotel donde se alojaba. Salinas, que ya había intentado asociarse con Gallimard, tenía la idea de fundar una colección de bolsillo, y fue el propio editor francés quien lo puso en contacto con Ortega Spottorno, que buscaba inversores para iniciar un proyecto similar. Si la mítica Austral, pionera en el ámbito hispánico, había comenzado su andadura con La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset, Alianza nació de la mano de Unas lecciones de metafísica, del mismo autor, con lo que ambas colecciones, aunque separadas por un intervalo de décadas, se estrenaron con el nombre de Ortega como referente.

Pradera entró en Alianza, de acuerdo con los recuerdos de Salinas transcritos por Moret, para ocuparse en principio de la parte comercial, pero pronto se hizo visible que su contribución iría mucho más allá de ese terreno. El hijo del poeta había convencido a Ortega Spottorno de que la línea editorial no debía ceñirse en exclusiva al ensayo, pero fue en este ámbito donde las orientaciones de Pradera se tradujeron en decenas de títulos imprescindibles que contribuyeron decisivamente a ampliar la cultura, no sólo política, de los lectores españoles. Como es sabido, la ley Fraga había suavizado el rigor de la censura, pero al sustituir el previo nihil obstat por el depósito, a la espera de autorización, de la edición ya impresa y encuadernada, multiplicó los riesgos de por sí considerables de los editores más osados, que se arriesgaban a perder la inversión si se prolongaba sine die el secuestro administrativo. En aquellos tiempos heroicos, no Marx o Bakunin, sino autores como Proust, Kafka, Freud o Clarín -representados en el catálogo de Alianza- podían ser considerados subversivos, y de hecho La Regenta (350.000 títulos vendidos, que se dice pronto, en los primeros 25 años) seguía levantando ampollas entre los ciudadanos de la inmortal Vetusta. La trayectoria de Alianza comenzó con el Libro de Bolsillo y, aunque el inquieto Salinas puso en marcha otras valiosas líneas editoriales, la colección fundacional fue durante años la joya de la casa, enriquecida por las celebradas y rompedoras cubiertas de Daniel Gil, que marcaron toda una época del diseño de libros.

La vinculación de Javier Pradera con Alianza llegó hasta 1988, poco antes de la compra de la editorial por Anaya. Sin contar con los que murieron prematuramente, como el mencionado Barral o José Martínez, muchos de los grandes editores de aquellos años han fallecido a lo largo de la última década, como Francisco Pérez González o el propio Salinas, aunque otros que se iniciaron más o menos entonces -es el caso de Gonzalo Pontón- siguen felizmente en activo. Entre los editores de las siguientes generaciones hay excelentes profesionales y a día de hoy siguen surgiendo sellos que ofrecen propuestas muy recomendables, pese a una sensación general de final de época que no se deduce sólo de la irrupción de las nuevas tecnologías. "Puso a nuestro alcance mucho de lo que buscábamos, nos orientó hacia lo que necesitábamos sin aún saberlo", ha escrito Savater respecto de su amigo Pradera. No en otra cosa consiste un oficio, el de la edición, que durante largo tiempo fue propio de caballeros -como lo describe José María Guelbenzu- y corre el peligro de caer en manos de los meros publicistas.

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