Las brujas de la casa de enfrente

  • Minúscula publica la novela 'Siempre hemos vivido en el castillo', de la inquietante Shirley Jackson.

Shirley Jackson. Traducción de Paula Kuffer. Editorial Minúscula. Barcelona, 2012. 222 páginas. 18,50 euros.

Antes de ella, sólo Henry James se había atrevido a apostar con tanta maestría por el delirio de lo incierto. Sin Shirley Jackson (San Francisco, 1916) hubiera sido imposible concebir el mundo narrativo de Stephen King o el aliento que sobrevuela todo Neil Gaiman -ninguno de los dos habría sido el mismo sin la contribución de The Lottery o The Haunting of Hill House-.

Jackson maneja sin afectación el terror de lo inquietante, el que subyace bajo las fallas de la normalidad. Decodifica, de alguna manera, la oscuridad, la sombra, el ruido que se intuye. Rompe el código de lo impreciso, de lo que apenas atisbamos al borde del abismo, y nos invita a disfrutar del tembloroso vértigo de los umbrales. En manos de Jackson, en fin, el juego de incertidumbre que H. James inició en Otra vuelta de tuerca eclosiona.

Con Siempre hemos vivido en el castillo uno aprende, además, a contar cuentos. Cuentos de horror, aleccionadores, como eran los cuentos de antaño, los que se narraban al amor de la lumbre y que trataban de alertar de los peligros reales: los lobos, la envidia, la traición, el abandono, la tortura, lo incontrolable. La novela que ahora recupera Minúscula actualiza el propósito didáctico de las viejas historias y nos habla de los terrores modernos: el miedo constante a que la realidad mute ante nuestros ojos, a que no sea la que vemos; la desconfianza perenne en los otros -esa criatura múltiple y lovecraftiana, siempre acechante- y la tremenda asunción de que somos nosotros quienes, en definitiva, damos pábulo a los monstruos, quienes los invitamos a entrar y tomar asiento.

Es curioso ver cómo, ciencia mediante, hemos ido identificando el catálogo de engendros de feria. Los vampiros eran víctimas de porfiria; los hombres-lobo bien podían sufrir hipertricosis; tritones y hombres-pez podrían padecer algún caso de ictiosis. Elfos y criaturas feéricas han sido relacionados con el síndrome de Williams-Beuren.

Las protagonistas de Siempre hemos vivido en el castillo son brujas. Brujas actualizadas, por supuesto, sin hechizos, ocultismos, ni escobas. Merricat y su hermana Constance viven prácticamente aisladas en una casa de ínfulas señoriales, con la única compañía de un viejo tío delirante y un gato. "Nos tragamos el año -afirma Merricat-. Nos comemos la primavera y el verano y el otoño. Estamos esperando a que algo crezca para comérnoslo".

Como en toda casa de bosque que se precie, en el hogar de los Blackwood abunda la comida de aspecto delicioso: recetas y herencias de sus antepasadas llenan la despensa "de tarros de intensos colores con encurtidos y verduras y mermeladas granate, ámbar y verde oscuro". Y, como en toda casa de bruja, el manjar esconde un precio: "Nunca tocábamos lo que habían hecho las otras; Constance decía que moriríamos si lo comíamos". Las dos parecen ser conscientes, incluso, de su condición de Baba Yagas y bromean al respecto: "Me pregunto si sería capaz de comerme a un niño", "Yo no sé si sabría cocinarlo".

Sobre ambas hermanas -especialmente sobre la mayor, Constance, siempre trasteando entre el jardín y la cocina- recae la tétrica sospecha de haber liquidado, años atrás, al resto de su familia esparciendo arsénico sobre el azúcar de las moras. Sin embargo, es Catherine -como aprendemos desde el principio de la historia- la delirante. Es Merricat, que parece vivir en un fascinado y peligroso mundo paralelo, el elemento perturbador de la historia. "Entre los niños y adolescentes precoces de la literatura americana del siglo XX -comenta Joyce Carol Oates en el posfacio de esta edición- ninguno es tan memorable como Merricat".

Es ella la bruja real, la que presiente, la que gusta de sortilegios, la que vive saltando en sus rituales privados, en un orden mágico de las cosas - "Todos los augurios señalaban un cambio...."-, la que teje una red de símbolos protectores en torno a la casa: "Nuestra tierra estaba enriquecida con los tesoros que yo había enterrado en ella, estaba habitada, justo debajo de la superficie, por mis estatuillas y mis dientes y mis piedras coloreadas: una poderosa red subterránea que nunca se aflojaba, sino que se mantenía perfectamente trabada para protegernos".

Todo, para aislarlos del infierno que son los otros, aunque el infierno habite dentro. Con Merricat le tomamos la medida a una nueva forma de mal, contenido y empalagoso, exento en gran parte de sadismo. Por lo demás, Merricat nos ofrece un lote completo: esquizofrenia, brotes psicóticos, manía persecutoria y delirios de grandeza. Ve fantasmas, siente premoniciones, es incapaz de distinguir plano real y fantasía. Es, en efecto, la bruja perfecta.

Merricat y Connie son, desde luego, hechiceras, cada una en su estilo -Reina de Corazones, Reina Blanca-. Pero tocan también otros palos del muestrario fantástico: "Cuando era pequeña -nos confiesa la esclarecedora Merricat-, realmente creía que Constance era una princesa de un cuento de hadas. Incluso en los peores momentos era rosa y blanca y dorada".

Como no podía ser de otra manera, la princesa en la torre sufre de agorafobia. Catherine cumple con su papel de víctima tan perfectamente que incluso desarrolla síndrome de Estocolmo con su hermana, a la que cuida y protege, asumiéndola como a una pobre impedida. Aparece una suerte de príncipe, por supuesto -¿qué otra opción de escape le queda a una princesa de torre?-, pero nada podrá contrarrestar el hechizo de Merricat, la dependencia a ella, su poderosa simbiosis.

La historia cuenta, como apunta Oates, con una especie de "final feliz consecuencia de la brujería impenitente". El desenlace es, en efecto, el final propiciatorio y destinado a toda hechicera: el fuego y el linchamiento. Los hechizos protectores de la bruja Merricat no surten efecto, al fin, contra el miedo ajeno. Pero nadie diría -y esto, la conclusión de la historia, es sin duda lo más fabuloso del cuento- que las brujas que siempre vivieron en el castillo no terminan sus días entre odio y fuego. Nadie diría que acaban transformándose, casi entre carcajadas, en una suerte de espíritus del bosque. Que incluso sus enemigos, la brutal y enfebrecida gente del pueblo, termina sintiendo una suerte de reverencia hacia lo que queda de ellas, que las temen o compadecen -no se sabe bien- y, de tanto en tanto, les dejan ofrendas en la puerta: pasteles, leche, huevos. Como se hacía antes con las "buenas" hadas. Como seguimos haciendo con los dadivosos espíritus del invierno.

Como ven, esto es Siempre hemos vivido en el castillo: un tenebroso cuento a la antigua, actualizado. Un muy buen cuento.

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