Un moderno espejismo

  • 'La invención de la tradición'. Eric Hobsbawn y Terence Ranger. Crítica. Barcelona, 2012. 319 páginas. 19,50 euros.

En La invención de la tradición, Hobsbawm vuelve a tratar, junto con otros cinco historiadores, un problema que ya se había analizado en su Naciones y nacionalismo desde 1780. Esto es, la invención del pasado, el expurgo de la Historia, como aglutinante social desde finales del XVIII. Obviamente, su forma más dramática han sido los nacionalismos del XIX y el XX. No obstante, se señalan aquí otros vínculos de la sociedad de masas, pendientes de un excrutinio más profundo: el deporte, las conmemoraciones, los partidos políticos, las logias universitarias, los ritos obreros, así como diversos fenómenos de gran éxito en la entreguerra.

El trabajo de Hobsbawm (La invención en serie de las tradiciones: 1870-1914), es el más generalista de cuantos se incluyen en este volumen. El más significativo, sin embargo, quizá sea el de La tradición de las Highlands en Escocia, obra de Trevor-Roper. El resto, exceptuando La caza del pasado galés en el periodo romántico, de Prys Morgan, se ocupan de la escenificación del poder en la corona británica. La invención de una Escocia faldicorta, con gaiteros y clanes y falsos bardos medievales, obrada por James Macpherson y Walter Scott en el XIX, sigue siendo un fenómeno deslumbrante. Aunque Trevor-Roper no lo señala, recordemos que Chateaubriand ya se hizo retratar con los versos de Ossian en la mano; mientras Napoleón conquistaba Europa leyendo la obra del viejo poeta escocés, escrita en realidad por un astuto Macpherson. El caso de Gales es justamente el contrario: la pérdida de sus costumbres les llevó a recrear otras nuevas, más acordes con su siglo. Con todo, el fondo de este asunto no es otro que la revolución industrial y el mundo contemporáneo. De aquella orfandad sobrevenida han surgido naciones, dictadores y una búsqueda de la identidad que llevó, con frecuencia, a la más vergonzosa xenofobia. El siglo XX, tan glosado por Hobsbawm, es prueba irrefutable de ello. El XXI, español o no, tampoco parece muy distinto.

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