La roca y el agua

La traductora María Belmonte ya había mostrado su fina sensibilidad y su elegante escritura en Peregrinos de la belleza, una evocadora colección de estampas biográficas donde retrataba a nueve viajeros seducidos por Italia y Grecia, cuyos pasos seguía en los apuntes viajeros que acompañaban las semblanzas. Dejando atrás el mundo mediterráneo, en Los senderos del mar ha recreado su recorrido a pie por la costa vasca entre Bayona y la Punta del Castillo Viejo en Musquiz, desde donde ya se divisa el oriente de la Montaña: Biarritz, Hendaya, Fuenterrabía, San Sebastián, Zumaya, Deva, Guernica, Bilbao y Cobarón señalan las etapas de un itinerario que no se aleja del litoral, casi siempre con el mar a la vista. El relato de Belmonte, sin embargo, va más allá de la descripción del paisaje, que la hay, para ofrecer un amasijo de lecturas, reflexiones, experiencias y anécdotas que convierten lo que podría haber sido mero recuento en una lectura particularmente sugestiva, en cierto modo transformadora.

Son divagaciones a la manera del paseante romántico, que celebran el sentimiento de comunión con la naturaleza o esa disposición a percibir lo que Shelley llamaba su 'latido', pero la autora participa asimismo del espíritu ilustrado en su interés por la ciencia -la botánica, la geología, la fascinante biodiversidad de las orillas, territorio de frontera- y muestra una curiosidad enciclopédica que abarca los temas más variados: las historias vascas vinculadas al mar, que hablan de balleneros, corsarios o surfistas, los acantilados y el 'ultramundo' de Jaizkibel o los bosques y marismas de Urdaibai, donde la hermosísima Mundaca, pero también otras muchas que comparecen en virtud de un sinfín de asociaciones encadenadas. Belmonte cita a Goethe, Thoreau o Chatwin, discurre sobre la moderna "invención de la playa", evoca la antigua 'via maris' o lamenta la degradación de los océanos, dejando alguna que otra pincelada autobiográfica. El apacible deambular por los viejos caminos, alejados del ruido, educa la mirada -enseña a 'ver'- y permite escuchar el "incesante diálogo" entre la roca y el agua.

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