Análisis

Rusia y la manipulación

  • La reelección de Putin no ha sido sorpresa para nadie, lleva años aplicando una estrategia de marcado corte populista, pero extraordinariamente rentable en términos electorales

Rusia y la manipulación Rusia y la manipulación

Rusia y la manipulación

El año 2014 fue complicado para Rusia. En estados Unidos se anunció el inicio de las restricciones monetarias, provocando una gran turbulencia en el mercado de divisas, con el rublo como una de las monedas más perjudicadas. Luego vino la intervención en la guerra de Ucrania, la anexión de Crimea y la reacción de occidente en forma de sanciones económicas. Todo empeoró a mediados de año, cuando el precio del petróleo, que estaba por encima de los 100 dólares el barril, comenzó a desplomarse hasta situarse por debajo de los 50 dólares a finales de ese mismo año. El Banco Central tuvo que recurrir a sus cuantiosas reservas en divisas, por entonces superiores a los 350.000 millones de dólares, para intervenir en defensa del rublo, pero en el mes de octubre la situación se había hecho tan insostenible (las reservas disminuyeron en 30.000 millones de dólares) que en noviembre se vio obligado a aceptar la crisis monetaria y dejar flotar libremente a su moneda.

El rublo se depreció un 40% en el último trimestre de ese año, lo que vino a empeorar todavía más la situación que las sanciones occidentales habían provocado en una economía dependiente del exterior para cubrir sus necesidades alimentarias y de componentes tecnológicos. En 2015 el producto interior bruto ruso experimentó un crecimiento negativo del 2,8%, mientras que el desempleo aumentó en 430.000 personas. El clima político se enrarecía y todo parecía indicar que Putin estaba gravemente cuestionado incluso dentro de su propio país. Por otra parte, la impopular intervención en la guerra de Siria dejaba entrever, al menos desde una perspectiva occidental, posibles fisuras de cara a la renovación del cargo en las elecciones de 2018. La realidad ha sido muy diferente. En 2016 la economía rusa consiguió estabilizarse, con un crecimiento negativo de 0,2%, y retornar a tasas positivas en 2017 (1,5%). En 2018 Putin ha ganado las elecciones con el apoyo de tres cuartas partes del electorado.

Rusia ha influido en varias elecciones y consultas sembrando engaño y desorientación

La reelección no ha sido sorpresa para nadie, a pesar de que su modelo económico, que continúa girando en torno a las exportaciones de petróleo y gas, hace tiempo que dejó de funcionar y maltrata a las clases más desfavorecidas. Putin lleva años trabajando en una estrategia de marcado corte populista, pero extraordinariamente rentable en términos electorales: la creación de un enemigo externo, cuyo objetivo es la destrucción del país o impedir la recuperación de condición de potencia mundial. La tensión permanente sobre el entorno próximo, especialmente en Ucrania y Oriente Medio (violaciones del espacio aéreo, maniobras militares, etc.), ha contribuido a crear un clima de confrontación que el líder ruso ha sabido utilizar magistralmente para elevarse como liberador de un pueblo que sufre el acoso despiadado de las sanciones occidentales y al que se le reconoce capacidad para devolver los golpes utilizando una nueva y formidable arma: la información.

En la transparente e hiperinformada sociedad occidental, donde crece el rechazo a la clase política por la proliferación de casos de corrupción y las sospechas de complicidad en episodios de manipulación corporativa, las posibilidades de la información como fuente de desestabilización son ilimitadas. Según Milosevich-Juaristi (Real Instituto Elcano, 2017 y 2018) Rusia la ha utilizado de forma magistral para "engañar y desorientar al oponente, influir en sus decisiones y socavar su eficiencia política, económica y militar" y entre sus víctimas se pueden citar las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, el "brexit" o el propio "procés" de independencia en Cataluña. La guerra de la información en el espacio de internet (ciberguerra) es una versión moderna de una práctica con tradición, la desinformación con fines militares, que obliga a las democracias occidentales a buscar a toda prisa cortafuegos frente a amenazas que pueden afectar a la seguridad nacional.

La teoría económica establece que los agentes adoptan sus decisiones en función de la información que poseen y que es bastante habitual que ésta sea asimétrica. Cuando vendedores y compradores de un determinado tipo de bienes negocian, lo normal es que los primeros dispongan de más y mejor información que los segundos. Esto es un fallo de mercado que afecta al desarrollo de las transacciones, que perjudica a los compradores y a los oferentes de las variedades de mayor calidad, que pueden quedar expulsados de un mercado inundado de variedades mediocres y de baja calidad. Desde esta perspectiva, es fácil intuir las posibilidades de la intoxicación informativa coma arma para el debilitamiento de los competidores más eficientes. En el caso de los mercados, los perjudicados tienen dos opciones. Una es el contraataque con armas similares (publicidad u ofrecimiento de garantías). La otra el recurso a los tribunales de justicia.

En el mercado electoral, la propaganda es un poderoso instrumento para influir en las decisiones de los votantes, pero el recurso a los tribunales por desinformación resulta mucho más complejo, especialmente cuando se trata injerencias internacionales. También a nivel nacional, porque la propaganda electoral no implica compromiso de obligado cumplimiento, de manera que la manipulación informativa, incluso en el supuesto de pretensión de perjudicar al oponente, difícilmente tendrá consecuencias penales. El comportamiento oportunista en condiciones de impunidad tiene un nombre: riesgo moral, y para entender su significado basta con observar la manipulación informativa en la televisión catalana o el conflicto callejero en el barrio de Lavapiés.

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