Antonio Manuel, profesor de Derecho Civil y escritor

"España no es una nación: es una noción"

"España no es una nación: es una noción" "España no es una nación: es una noción"

"España no es una nación: es una noción" / barrionuevo

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-Un hombre que renuncia al amor de su vida para salvar la memoria de un poeta-miliciano que simboliza la integridad de la que él carece. ¿De dónde surge la historia de El soldado asimétrico?

-La literatura debe ser un arma, y tiene que torpedear tanto al poder político como al emocional. Nace de eso, de haber vivido y haber sentido la necesidad de llegar a la razón y al corazón de la gente. No deja de ser en el fondo una radiografía de lo que son los seres humanos y de lo que puede ser un escritor. Ha sido una novela premonitoria: el protagonista tiene amputado un pie y resulta que después fui yo el que perdió un dedo.

En este país hay una marca conservadora que encierra la noción más ultranacionalista católica"

-Las rimas caprichosas de la vida...

-Sí. Cuando pierdes una parte de ti, el dolor es tan intenso que no duele, es como un dolor sin dolor, como si la biología te preparase para que te duela cuando tengas la capacidad de aceptarlo. El dolor empieza a ser intenso, insoportable, cuanto transcurre un tiempo; eso también pasa en la novela.

-¿Las amputaciones emocionales son más dolorosas que las físicas?

-En mi caso la amputación física trajo consigo una aceptación inmediata: no sentí que perdiera una parte de mí porque el físico es simplemente una cáscara. En el caso emocional sí creo que una amputación conlleva la pérdida de una parte de uno mismo. Y esto revela que lo que somos realmente es lo que no se ve.

-El amor, la guerra... dos temas en los que está todo y se resume todo.

-Es que el amor y la guerra son sinónimos. Son los dos grandes temas porque retratan la esencia del ser humano, la tensión de lo que es un ser humano.

-¿Cómo le gustaría que fuera leída esta novela?

-Me gustaría que el lector entendiese que es una novela bipolar, que cada frase o cada párrafo puede contener el mal y el bien, lo mejor y lo peor, el amor y la traición. Que no la lea desde un punto de vista maniqueísta, sino entendiendo que el protagonista es capaz de lo más sublime pero también de lo más miserable. Yo he intentado contar cómo alguien al que le falta una parte física puede morir habiendo cumplido una misión histórica. Y está también la tensión entre la cobardía y la valentía en el amor. Hay muchas patologías del amor en esta novela, porque, si bien la guerra es monocolor, el amor es caleidoscópico.

-¿Por qué en España no se acaba de superar la resonancia trágica de la Guerra Civil?

-Porque la Guerra Civil es un trauma que está incrustado en el ADN de la identidad española. España no es una nación: es una noción. Hay varias nociones de lo que puede entenderse por España, y una de ellas es excluyente, una noción que precisamente nace de la amputación de otras Españas. Cuando cualquiera de las otras se rebela y se reivindica, intenta aniquilarla de una forma predatoria y criminal. Ese trauma sigue estando ahí porque todos los intentos de aniquilar las otras Españas han fracasado. La prueba fue la Guerra Civil: la reivindicación de la mujer, la laicidad, la diversidad territorial, la diversidad cultural... puso contra las cuerdas al nacionalcatolicismo.

-Vivimos una etapa de rebrote de los nacionalismos xenófobos, que tanto derramamiento de sangre provocaron en el siglo XX...

-Aunque el estado civil del ser humano es la duda, la gente se siente protegida cuando vive en manada, y quien vive en manada necesita certezas. La certeza le ofrece la seguridad que la duda no le da. Lo que está ocurriendo ahora es que no hay un modelo alternativo a ese fundamentalismo excluyente, ya sea político, territorial, religioso... Ese fundamentalismo no pide al otro que lo comprenda, porque el que habla no ejerce de representante sino de pastor: no pide a los demás, los demás lo acatan porque se sienten seguros. Falta ese otro modelo que es el que debería abanderar la izquierda, el que debería proteger a los débiles desde el respeto a la democracia y los derechos humanos. Es un modelo que no fue lo suficientemente valiente: claudicó y aceptó lo más perverso del neoliberalismo. Y ahora muchos de sus partidarios se están cambiando de bando.

-¿Hay una nueva política y una vieja política?

-La vieja política es la que participa del poder como una herramienta desalmada. No importa dónde se ubique, no es patrimonio de un partido. Es un virus que enferma a muchos partidos y formas de proceder. La nueva política siempre es una esperanza a la que parece que no se le quiere dar oportunidad. La nueva política es una rebelión, es reivindicar la memoria y dar sin esperar recibir. Eso la vieja política no lo entiende.

-¿Cómo ve el panorama político español?

-Es muy peculiar. La ventana de oportunidad que se abrió a finales de 2015 y principios de 2016 se ha entrecerrado. En este país hay una marca conservadora que encierra la noción más ultranacionalista católica, y eso no ocurre con otras marcas en el resto de Europa. En España la ultraderecha habita en el Partido Popular. Por otra parte, la crisis de la izquierda en el ámbito occidental se ha resuelto en España con una nueva marca que reinterpreta los postulados de la izquierda y corrige la disfunción que ha supuesto la caída en general de la socialdemocracia en Europa. Esto hace que el tablero político sea especialmente particular. Y luego está el factor territorial: Andalucía es la que ha permitido que se mantenga el esquema bipartidista del poder, con un discurso que está a años luz del que protagonizó en su momento para el diseño del Estado en la Transición. Estamos viviendo una especie de estertor del final de un ciclo. Pero ni lo viejo termina de morir ni lo nuevo termina de nacer.

-¿La Mezquita de Córdoba será alguna vez de titularidad pública?

-La Mezquita es pública: lo fue, lo es y lo será. Ahora parece privada y corresponde a las administraciones públicas corregir esa disfunción de haber permitido el acceso de un bien de estas características a un registro de la propiedad privada. La Mezquita de Córdoba no es la Alhambra de Granada ni la Catedral de Sevilla: es las dos cosas a la vez, y lo que no puede ser es que carezca de un estatuto jurídico. Vive en las catacumbas, con unas cuentas y una gestión sin fiscalizar, y eso es antidemocrático.

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