Neutral pero sumiso

  • Zapatero espera que Bono se desmarque del estilo de Marín

José Bono ya tiene lo que quería. Un ático con vistas al mar, un palacio versallesco, un supermicrófono mediático parejo a su adicción al protagonismo. Presidir el Congreso no es lo mismo que dirigir un Ministerio. El primero es un puesto más lustroso, con una fortísima carga institucional que obliga sobre el papel a la equidistancia y la mesura.

Manuel Marín, su antecesor, lo intentó infructuosamente, hasta el punto de convertirse en un personaje incómodo más en su propio partido que en la oposición. Es una prueba irrefutable de su compromiso con las esencias de la Cámara. A Bono se supone que lo ha elegido Zapatero precisamente para evitarse dolores de cabeza. Un señor dúctil al que reubica en la primera línea a cambio de obediencia, guiños y alguna frase de su inagotable cosecha.

Por lo que cuentan en las esquinas, la legislatura será intensa pero tranquila. Por fin la victoria del fondo, del debate, del espíritu constructivo. Por fin un país sin sobresaltos ni maniqueísmo. Tener fe es tan fácil como querer tenerla. Que la tengan los políticos no significa que la contagien al pueblo. A Bono, que es algo así como el árbitro, los nacionalistas no le pasarán ni una. Sospechan que es casero en un doble sentido: por ser socialista y por caer medio bien en el PP. Su fama centralista, su perfil de español orgulloso de serlo le granjea una antipatía anticipada entre quienes han de sacarle las castañas del fuego al PSOE. Así que, paradójicamente, Zapatero tendrá que susurrarle a su viejo rival y ahora amigo que renuncie a su rasgo definitorio, que no es la sumisión (podríamos colocarla no obstante en segundo lugar) sino la verborrea autocomplaciente y narcisista.

Todo ególatra, como todo ser humano, ha de tener sin embargo una segunda oportunidad. Es cierto que Bono representa algunos de los peores y más comunes defectos del típico líder, pero no lo es menos que aporta al socialismo un discurso nacional que contrasta con los complejos patrióticos de Zapatero y el resto del ala progre de Ferraz, demasiado alérgicos a la bandera, al revés que PP (rojigualda), CiU, PSC, ICV y ERC (senyera), PNV y EA (ikurriña) o IU (adaptable al criterio de cada comunidad).

También ha prometido el ex ministro que, como Gandhi, el Dalai Lama o Luther King, no responderá con violencia a la violencia (verbal, se entiende). Su elegante indiferencia ante el "cabestro" de Erkoreka es un buen comienzo. Si logra mantener la calma e imponer cierto orden en clase, se ganará el respeto de casi todos. Incluidos muchos de los chicos malos catalanes y vascos, a menudo los más formales cuando de verdad toca serlo. Si, al contrario, se enfunda la camiseta de hooligan, el precario propósito de enmienda de PSOE y, sobre todo, PP se irá al garete. Bono tiene que convencerse de que el puesto colma sus aspiraciones. Será una especie de guardián de ese comprimido volksgeist que es cada legislatura. Además, siempre podrá grabar sus intervenciones para disfrutarlas en casa, entregado al ego y a salvo de los reproches.

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