Anatomía de la ciudad fantasma

  • Antonio Rivero Taravillo, autor de 'Luis Cernuda. Años españoles', recorre con un grupo de lectores los rincones de Sevilla habituales en la juventud del poeta

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El grupo se acerca a la entrada del inmueble, donde hay ahora una cristalería, y algunos entornan los ojos o hacen una visera con las manos. Miran con respeto, tratando de evocar en silencio al niño Luis Cernuda, que nació allí y con el paso de los años recordaría a Rafael de Montis, un pianista que casi siempre estaba de gira, precoz competidor de Turina, y que cuando volvía a su casa de la calle Acetres, entonces Conde de Tójar, tocaba una música que se filtraba por las ventanas y las paredes medianeras. Esos instantes, descritos en Ocnos con delicada belleza y aire proustiano, fueron fundamentales para que el futuro poeta se familiarizase con el placer estético, cuenta Antonio Rivero Taravillo.

Dentro de la programación de la Feria del Libro, el autor de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), obra ganadora del Premio Comillas, recorrió con un grupo de 15 personas algunos lugares del centro de Sevilla especialmente vinculados a una de las voces cruciales de la poesía española del siglo XX. La primera parada llega en la calle Granada. En la librería de Tomasa, Cernuda se surtía de libros hasta que se interesó por los surrealistas franceses, sin distribución en la ciudad, y recurrió a los encargos a Sánchez Mateo, en Madrid. Hoy, en el sitio donde estaba la de Tomasa, el poeta sólo podría pedir un préstamo, quizás abrir una libreta de ahorros.

"Siempre es bueno oír a un poeta oído por otro poeta, y Antonio es maravilloso", dice una integrante de la expedición cernudiana, María escribe poesía y narrativa, pero, salvo en sus años universitarios, no publica. "A mí lo que me gusta es escribir; lo demás es trabajo", dice mientras abandona el Salvador. Allí, en la iglesia que da nombre a la plaza, fue bautizado el niño Cernuda. A su espalda, en la Plaza del Pan, escenario cervantino de Rinconete y Cortadillo, el abuelo del poeta, Ulises, tenía una droguería. En sus frecuentes visitas, el nieto se ensimismaba con las hilera de tiendecitas de los muros traseros de la iglesia.

A su regreso a casa, en Acetres, el niño, "retraído y solitario, que siempre encontraba alguna excusa para distanciarse de los demás", recuerda Rivero Taravillo, se recluía "a hurtadillas" en la biblioteca de su padre, militar. Allí se abismaba en sus lecturas, alguna de ellas, como las Rimas de Bécquer, "primordial" para su formación; ésta le llegó de manos de sus hermanas Amparo y Ana.

"Anda, la calle Abades. Ahí había un pub estupendo; ponían música clásica". El grupo va camino ahora de la calle Aire y José Luis, uno de los paseantes, evoca casi con el mismo desdén que Cernuda la Sevilla de antes. "Había tres millones de curas y monjas paseándose por todos lados. Era natural que despreciase la ciudad, que además lo drespreciaba a él, que era un outsider", dice.

En la calle Aire sucedió el "nacimiento" del Cernuda poeta, explica el guía. Llegó allí tras vivir un tiempo en los pabellones militares de Ingenieros, cerca del Parque de María Luisa. En esa casa recibió a poetas del grupo Mediodía, "con los que nunca llegó a confraternizar". En esa etapa, entre 1920 y 1928, escribió Perfil del aire, su primer libro, una serie de décimas, una forma "muy marmórea", en las que varios reseñistas, uno de ellos Francisco Ayala, vio semejanzas con Jorge Guillén, lo que enojó a Cernuda.

A cinco minutos, al lado del palacio donde nació Miguel Mañara, está la antigua casa de Fernando Villalón, en un rincón de San Bartolomé. Aristócrata, mujeriego, crápula y taurino, Villalón tenía pocas papeletas para caer bien a Cernuda, y sin embargo trabaron una "alianza" en un ambiente hostil para ambos. "Prácticamente a diario" charlaban de libros y de cualquier cosa. En 1930, cuando su amigo murió, algunos poetas de la Generación del 27 organizaron un homenaje en la casa -se conserva la placa conmemorativa- al que no fue invitado. Cernuda, dolido, se sintió "aún más marginado".

El itinerario concluyó en las inmediaciones del Alcázar, un lugar que serenaba el ánimo del poeta y en el que el grupo se disolvió después de imaginar durante hora y media la Sevilla de Cernuda, "un fantasma sin mención".

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