La leyenda que trajo el diablo

  • Robert Johnson grabó hace 75 años las canciones que le convirtieron en un pilar del 'blues'. Su legado, en 29 temas, es una referencia para todos los guitarristas.

Dicen que en un cruce de caminos polvoriento, en el corazón de Mississippi, en los primeros años 30, un joven de color se encontró con el diablo a medianoche y le entregó su alma a cambio de tocar el blues con la guitarra como nadie lo había hecho hasta ese momento. Dicen que ese joven, que apenas superaba la veintena, era Robert Johnson, un mediocre aprendiz de guitarrista que se convirtió, casi por arte de magia, en la mayor influencia para el blues y el rock en el siglo XX. No se sabe realmente si intervino la magia negra o si fue un milagro divino, pero la solidez de su legado, limitado a sólo 29 canciones, alimenta la leyenda.

Hace ahora 75 años comenzó a labrarse la de este músico irrepetible, muerto con 27 años, sin más tiempo para mostrar su maestría. Robert Johnson entró por la puerta del hotel Gunter de San Antonio (Texas) a finales de noviembre de 1936 para grabar por primera vez sus canciones. Lo hizo en tres sesiones, los días 23, 26 y 27. Unos meses más tarde, en un almacén abandonado de Dallas, entre el 19 y el 20 de junio de 1937, completó sus grabaciones, 42 en total, con 13 dobles tomas, que acabaron conformando los legendarios 29 temas que aún hoy conforman uno de los repertorios más ricos de la historia de la música moderna.

Gracias a la agudeza de Ernie Oertle, ejecutivo de la American Record Company, el talento de Johnson no quedó en el olvido. Oertle improvisó un sencillo estudio de grabación en una habitación del hotel. El joven músico, entonces de 25 años, llegó solo, acompañado por su guitarra, vestido con traje y sombrero. Fue lo único que le bastó para colocarse delante del micrófono, marcar el compás con sus pies y tocar de forma prodigiosa sin más acompañamiento que el bajo producido con su pulgar y el sonido sinuoso de su slide exprimiendo las seis cuerdas. Un walking bass hipnótico y una voz aguda y llena de matices, capaz de transmitir todo el sentimiento de sus composiciones. Hasta entonces no se había visto tal concentración de virtuosismo y capacidad emocional.

La vida de Robert Johnson fue azarosa desde el comienzo. Precisamente este año se conmemora también su centenario, ya que nació (aunque no es seguro) el 8 de mayo de 1911 en Hazlehurst, Mississippi. Su madre, Julie Ann Majors, hija de esclavos, y esposa de Charles Spencer, no le contó hasta varios años después que él no era su padre, sino Noah Johnson, de quien terminó tomando el apellido. Fue en Robinsonville donde se estableció la familia en 1918, y donde el pequeño Robert empezó a interesarse por la música.

De forma paralela a una ajetreada vida sentimental, con un segundo matrimonio y una hija -tras enviudar- antes de los 20 años, se convirtió en un buen intérprete de armónica. Pero entre los músicos más reconocidos del momento, y metido en los ambientes nocturnos, su mayor interés era interpretar blues con la guitarra. Son House, Willie Brown y Charlie Patton nunca le tomaron en serio.

Un buen día de 1931 desapareció de Robinsonville y nadie más supo de él hasta casi dos años más tarde. Entonces, a su regreso al pueblo, Robert Johnson sorprendió a quienes antes le despreciaron y dejó boquiabiertos a todos los que le escuchaban tocar la guitarra y cantar sus propias canciones.

Muchas de las letras cantadas, con referencias a cruces de caminos y al diablo, unidas a la superstición del lugar, alimentaron la leyenda de la venta de su alma, que él nunca desmintió. Incluso se llegó a concretar el lugar del pacto diabólico en el cruce de las autopistas 61 y 49 en Clarksdale (Mississippi). Los más escépticos creen que simplemente aprendió todo de Ike Zinnerman, un excéntrico bluesman que tocaba de noche recostado en las lápidas de los cementerios.

En cualquier caso, su regreso fue celebrado por cuantos le pudieron escuchar en directo, en alguna de las cada vez más frecuentes actuaciones por todo el estado. El propietario de una tienda de discos de Jackson, H. C. Spier, convenció a Ernie Oertle para que grabara sus canciones en aquellas legendarias cinco sesiones. El resultado se ha visto reflejado en todo el blues y el rock posterior, y en la actualidad le vale para ser considerado uno de los cinco mejores guitarristas de la historia.

Robert Johnson no pudo disfrutar mucho de su prodigioso don. Murió en 1938, con sólo 27 años [fundó el macabro Club de los 27 del rock], el 16 de agosto, en extrañas circunstancias, tras tres días de agonía. La tesis aceptada mayoritariamente es que fue un marido celoso el que puso estricnina en la botella de whisky de la que bebió durante su última actuación, en la que estuvo acompañado por Sonny Boy Williamson y Honeboy Edwards. Fue en el bar Three Forks, a las afueras de Greenwood, casualmente, en el cruce de las autopistas 89 y 49-E. Puede que éste fuera el lugar elegido por el diablo para llevarse su alma, pero no su cuerpo. En realidad no se sabe quién lo hizo porque hay tres tumbas, cada una con su lápida, atribuidas a Robert Johnson en Mississippi: en Morgan City, Quito y Greenwood.

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