Rusia se empeña en reeditar el prólogo de una nueva guerra fría

  • Moscú no ceja en sus amenazas de rearme militar tras la decisión norteamericana de establecer un silo de misiles interceptadores en Polonia y una estación fija de radar en la República Checa

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El 7 de febrero de 2007 los ministros de Defensa de la OTAN mantuvieron una reunión informal en Sevilla en la que el titular norteamericano, Robert Gates, anunció el principio de acuerdo alcanzado con Polonia y la República Checa para la instalación, en estos países de la ex Europa comunista, de un silo de diez misiles interceptores y una estación fija de radar. Ambos elementos formarían parte del escudo antimisiles norteamericano, que ya cuenta con otras instalaciones en Alaska y California.

La información fue recogida por los aliados de la OTAN sin grandes aspavientos. Sólo al día siguiente, cuando el presidente ruso, Vladimir Putin, arremetió duramente contra la iniciativa en Múnich, la Alianza empezó a entender que tenía un problema.

Desde esa fecha, las manifestaciones y las decisiones rusas han provocado tal alarma que muchos especialistas se preguntan si el mundo no avanza hacia una segunda guerra fría. Al menos, parece que los prolegómenos están sobre el tapete.

Reanudación de los vuelos estratégicos de vigilancia; anuncios de mejoras en los sistemas de misiles intercontinentales ruso; abandono del Tratado Europeo de Fuerzas Convencionales; sugerencias sobre la instalación de nuevos silos nucleares en Bielorrusia; reactivación de la presencia de las flotas rusas en el Mediterráneo y el Atlántico... son acontecimientos que las autoridades militares y civiles del Kremlin han ido desgranando desde ese mes de febrero hasta los últimos días del año que acaba de expirar.

Estados Unidos esgrime la amenaza del programa nuclear iraní como elemento determinante para su insistir en sacar adelante su proyecto. La hipótesis norteamericana es que Teherán está desarrollando un misil intercontinental de combustible sólido que podría alcanzar su territorio, además de que ya posee proyectiles Sahab 3 con un alcance de 1.300 kilómetros y está mejorando una versión de este ingenio que llegaría a los 5.000 kilómetros.

Pero el proyecto va mucho más allá. Desde el 11-S la seguridad norteamericana ha evolucionado. De creerse casi absolutamente inmune en su propio territorio, Washington ha pasado a un temor casi patológico a las amenazas, reales o supuestas, que se ciernen sobre su país. Y dentro de este amplio espectro, la posibilidad de que un país o un grupo terrorista se haga con el control de armas nucleares figura en el primer lugar de la lista de temores.

Proteger el territorio de EEUU y una parte importante del europeo está en la base del Ballistic Missile Defense System (BMD), el sistema de defensa norteamericano conocido popularmente como escudo antimisiles. Un proyecto heredero de la guerra de las galaxias puesto en pie por Ronald Reagan en la década de los años 80 y que ha ido evolucionando con el paso de los años

Rusia, y algunos gobiernos europeos, consideran imposible que Irán llegue a tener en un futuro próximo el arma atómica. Para los jerarcas del Kremlin se trata únicamente de una excusa de la que se sirven EEUU y la OTAN para enmascarar sus verdaderas intenciones: establecer bases y sistemas armamentísticos cada vez más sofisticados y cada vez más cerca de sus fronteras, en su antiguo patio trasero. Para muchos europeos, la pérdida de credibilidad de los servicios de inteligencia estadounidenses tras el fiasco de las armas de destrucción masiva en Iraq obligan ahora a poner en cuarentena cualquier afirmación sobre la capacidad iraní.

En este contexto, con declaraciones cada vez más duras de los responsables rusos ("no queremos una guerra en el espacio, pero tampoco permitiremos que ningún otro país se apodere del cosmos", señaló el coronel general Vladimir Popovkin, comandante de las fuerzas especiales), los países de la Alianza Atlántica, al margen de EEUU, intentan guardar un equilibrio entre las dos partes. Como aliados de Washington, los países de la Alianza no pueden oponerse abiertamente al proyecto de EEUU, y menos ahora que Chirac ya no está al frente de Francia. Pero tampoco quieren que el tema suponga un enfrentamiento directo con los rusos. "Las discusiones con Rusia no son sencillas, pero hay que mantener la confianza en que la colaboración volverá a mejorar. La fase de formación de bloques está superada", ha comentado al respecto el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Franz Walter Steinmeier.

El presidente norteamericano, buen conocedor de la psicología rusa a través de Condoleezza Rice, una verdadera experta en el tema, se ha esforzado en quitar hierro al asunto en las numerosas ocasiones en que se ha encontrado con Vladimir Putin. Bush y el líder ruso han hablado del escudo antimisiles cada vez que han coincidido y lo mismo han hecho los líderes de la OTAN y la UE. Delegaciones militares norteamericanas y rusas se reúnen periódicamente pero hasta ahora siempre con el mismo resultado, una falta total de acuerdo.

El Ejército ruso, heredero directo de los hombres que fueron capaces de revertir el final de la Segunda Guerra Mundial con una mezcla de osadía, engaño y firmeza que les llevó, por ejemplo, a romper el cerco del general Paulus sobre Stalingrado sin que la inteligencia alemana fuera capaz de saber lo que se preparaba, ha ganado con Putin capacidad estratégica, medios materiales y unidad de acción.

Desde Chechenia, ya no es el ejército de Pancho Villa de los tiempos de la desintegración del comunismo. Está mejor preparado y ha ganado en autoestima.

La obligada sustitución de Putin al frente de la presidencia rusa es un elemento que va a influir sin duda en las siguientes jugadas del tablero de ajedrez. Putin ha escogido a su peón, Dimitri Medvedev, uno de sus fieles del clan de San Petersburgo pero nadie duda de que suya será la mano que mueva los hilos de la política del Kremlin.

Los diplomáticos en Bruselas no se hacen ilusiones. Desde su provocador discurso de febrero en Múnich, en el que calificó a Estados Unidos como "el mayor factor de inseguridad en la política internacional", Vladimir Putin ha mantenido el pulso sin asomo de titubeo. Y lo seguirá haciendo.

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