La crisis alcanza a Rusia

  • Mientras Vladimir Putin insiste en que la situación mundial no afectará al país, la población no es tan optimista y teme retornar a la pobreza de la década de los 90

El primer ministro ruso, Vladimir Putin, no quiere reconocer que los largos dedos de la crisis también alcanzaron a Rusia. "No tenemos crisis" es el lema con que el líder instruye a la población. Pero el número de aquellos que lo contradicen crece tras un decenio de auge económico.

Durante el pasado fin de semana, manifestantes en todo el país daban rienda suelta a su malhumor. Temen que la crisis financiera y la caída de los precios del petróleo y del gas provoquen desempleo, la caída del rublo y pobreza como la vivida durante la década de los 90. Putin ve peligrar la obra de su vida como jefe del Kremlin. Pero los expertos y la dividida oposición vuelven a abrigar esperanzas de que la Federación Rusa eche mano a los preceptos liberales.

"En esta crisis está claro para todos que el régimen se está descomponiendo. Está claro que las peroratas sobre estabilidad no tienen sentido", exclamó Maxim Resnik, el líder del partido liberal opositor Yabloko en San Petersburgo, en una manifestación.

Sindicatos, estudiantes y activistas de derechos humanos salieron a las calles en San Petersburgo, Moscú y otras 40 ciudades para exigir durante el Día de la ira popular transformaciones políticas en Rusia. Los medios habían venido informando de un creciente miedo en la población, de compras precipitadas por temor a la devaluación del rublo, de estanterías vacías de los supermercados pero, también, de la demora en el pago de los sueldos.

El semanario ruso The New Times supone que está también en crisis el pacto tácito entre la población y los dirigentes del Kremlin. El sistema por el cual la población se mantiene al margen de la política en gratitud por una vida digna llega a su fin, opina el presidente del Instituto para Estrategias Nacionales, Stanislav Belkovski.

La omnipresencia del Estado, las imágenes "del enemigo, cuidadas hasta el mínimo detalle" junto con una política exterior agresiva "es el camino que nos llevará al colapso", advirtió el politólogo moscovita Mark Urnov. Para el analista es una oportunidad para que el Kremlin afloje "la presión sobre la oposición" y normalice sus relaciones con Occidente.

Por el momento, Putin se presenta como el "primer ministro del optimismo económico", indica el diario Kommersant. A pesar de la fuga de capitales, Rusia funda su confianza económica en sus reservas de más de 500.000 millones de dólares. Pero los rusos claman en forma creciente, según los diarios moscovitas, porque deben cancelar sus deudas de créditos hipotecarios y de vehículos antes de lo estipulado. Las consecuencias son dramáticas disminuciones en la adquisición de automóviles así como la caída de precios en el mercado inmobiliario. La inflación supera el 11%.

"Tenemos dificultades pero, gracias a Dios, no tenemos crisis", jura Putin a sus interlocutores durante sus viajes. Sin embargo, no pueden dejar de advertirse los rastros de la preocupación en las marcadas arrugas de su rostro.

El Gobierno echa mano en forma renovada a paquetes de ayuda para evitar la bancarrota de bancos y empresas, sobre todo de los que dependen del apoyo de créditos del extranjero. El mercado de valores ruso, RTS, que ya fue castigado por la guerra con Georgia en agosto, perdió mientras tanto dos tercios del valor que tenía al inicio de la crisis. Putin y el presidente, Dimitri Medvedev, continúan culpando a Estados Unidos de la miseria. Rusia superará los problemas, enfatizan ambos.

"La crisis es utilizada en Rusia para redistribuir los recursos con el objetivo de que el Estado asuma el control total sobre la economía privatizada", presume el ex asesor del Kremlin, Andrei Illarionov, quien hoy vive en EEUU. El ex jefe de Gobierno Yegor Gaidar también estima que la crisis tendrá consecuencias en lo político. "Dos escenarios son posibles: la liberalización del régimen o abolir el sistema", señaló Gaidar.

Hasta ahora la dirigencia rusa confió en que la percepción de mucha gente respecto de la democracia se relaciona antes con el caos vivido durante el gobierno del presidente Boris Yeltsin que con valores genuinos. Los activistas de derechos humanos se quejan de que desde que Medvedev asumió la presidencia el 7 de mayo no hubo cambios en Rusia. Medvedev había prometido que lucharía contra la corrupción y a favor de la libertad de los medios y del Estado de Derecho.

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