Berlioz, la solemne grandeza de Atila

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Decca publica por primera vez en DVD dos antiguas grabaciones de Philips de notable significación histórica y artística. Sir John Eliot Gardiner se enfrenta en ellas al genio, a menudo no bien comprendido, de Hector Berlioz (1803-1869), sin duda el más grande compositor francés del siglo XIX, aquel que, en famosa carta a su madre, se postulaba como un "Atila llegado para devastar el mundo musical".

No resulta extraño que mientras trataba de hacerse sitio en el muy competitivo París musical Berlioz se dirigiera en términos tan hiperbólicos a una familia que nunca le apoyó en su aventura artística, un reto que, juzgando por el desarrollo de su infancia, todos consideraban condenado al fracaso. Y es que, nacido en provincias (departamento de Isère), Berlioz se inició muy tarde en los secretos de la música. De hecho, jamás tomó clases de piano, y a lo largo de su vida sólo aprendió a tocar, y muy modestamente, la flauta y la guitarra. Nadie habría sospechado que sus rudimentarios conocimientos juveniles podrían ser superados a fuerza de voluntad y de genio. El deslumbramiento por el mundo de los sonidos se produce en 1821, cuando su padre lo manda a París para estudiar medicina y escucha una ópera de Gluck. Embargado por la emoción, enseguida decide dedicarse en cuerpo y alma a la composición. Vive unos años de absoluta exaltación juvenil en los que estudia y copia frenéticamente a Gluck, descubre la música de Weber y Beethoven y compone sin descanso.

Un oratorio (El paso del Mar Rojo) le abre las puertas de las clases de Lesseuer en el Conservatorio. Su autoestima lo agradece y en 1824 deja la Universidad. Al año siguiente estrena una Misa solemne en la Iglesia de la Santa Roca, que dos años después conocería un segundo pase en San Eustaquio, antes de que el compositor decidiera destruirla, exactamente igual que hizo con el oratorio y otras obras de juventud. Sin embargo, aunque desaparecieron todos los materiales preparados para las ejecuciones, la partitura autógrafa de la Misa sobrevivió y fue encontrada en 1992. Inmediatamente, John Eliot Gardiner se interesó por ella y la grabó en un concierto solemne celebrado en la Catedral de Westminster en octubre de 1993. Junto a su Orchestre Révolutionnaire et Romantique y un Coro Monteverdi generosamente reforzado, la soprano Donna Brown, el tenor Jean-Luc Viala y el bajo-barítono Gilles Cachemaille ejercieron de solistas.

La misa no pasa de ser una curiosidad, que de no llevar el nombre de Berlioz quizá siguiera durmiendo el sueño de los justos, aunque sirve para descubrir que mucha de su música fue usada por el compositor en otras piezas, incluso en su extraordinaria Sinfonía Fantástica, que Gardiner ofrece aquí en una interpretación magistral registrada en 1991 en el mismo lugar donde la obra se estrenó (el Antiguo Conservatorio de París) el 5 de diciembre de 1830. Gardiner utiliza exactamente la plantilla prevista por Berlioz, lo que produce un equilibrio muy especial entre secciones, y una tímbrica singularísima. Resulta curioso ver no sólo las seis arpas colocadas a modo de doble coro o los tres pares de timbales, sino los instrumentos de metal hoy periclitados, como el serpentón, el oficleido o el buccin. Los resultados sonoros son espectaculares. Uno de los mejores DVD musicales (no operísticos) que haya visto nunca.

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