Billie Holiday se queda en tierra de nadie

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La renombrada soprano Barbara Hendricks dio anoche muestras sobradas de su indiscutida talla lírica. No obstante, el concierto me pareció desaborido -no así al público, que ovacionó largamente a los músicos y aplaudió de esa forma tan característica, aflamencada, que gustó a los músicos e hizo arrancarse a Lindgren por Summertime en el bis-. Billie Holiday, a quien se homenajeaba en este espectáculo dedicado en gran medida a sus composiciones, quedó, por así decir, en tierra de nadie, a medio camino entre el jazz algo ramplón que proporcionaba el cuarteto de Magnus Lindgren -buen saxofonista, aunque aquejado de cierto divismo a lo Jamie Cullum- y el lirismo poco swingueante, a decir verdad, de la Hendricks.

No es que sea uno, ni mucho menos, detractor de las incursiones jazzísticas en territorio clásico. ¿Cómo no caer rendido ante la escucha de las relecturas del Modern Jazz Quartet, de Jacques Louissier o Uri Caine? La música clásica ha sido jazzeada de todas las maneras posibles, a cada cual más atractiva: desde las citas a la Carmen de Bizet en los solos de Charlie Parker, intercaladas con desparpajo junto a melodías populares (el Pájaro Loco, Popeye, clásicos de Disney), hasta los divertidos crímenes musicales de Spike Jones, en cuyas auténticas razzias jazzísticas podemos disfrutar, por ejemplo, de un Liszt interpretado, para colapso de los bienpensantes, con cacerolas y a tiro limpio, adelantándose así varias décadas a las espléndidas locuras de Frank Zappa y The Mothers of Invention... Por no hablar del influjo implícito de la tradición clásica en el jazz y su reflejo desde Dave Brubeck al espléndido E.S.T., en nuestros días...

Sin embargo, el camino inverso sí que se me antoja plagado de obstáculos. Muy pocos compositores clásicos lograron asimilar con resultados óptimos, más allá de lo episódico y curioso, rasgos del lenguaje jazzístico a su música, con la excepción diríase única de Gershwin. Y fue, precisamente, en los pasajes de Porgy and Bess, la ópera de Gershwin, donde Hendricks brilló con luz propia. Si no consiguió imprimir el swing y sentimiento necesarios a los temas de Holiday, sí que bordó Summertime y otros temas de Gershwin y Ellington (especialmente Mood Indigo), composiciones todas más adecuadas a su estilo eminentemente lírico. También me pareció hermosa su versión de Strange Fruit, cantada por Hendricks con el único acompañamiento del piano, a modo de Lied. Acaso porque entonces Hendricks hizo lo debido: llevar el jazz a su terreno, donde tan bien se desenvuelve y brilla.

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