Color, música y silencio

  • Las obras que muestra Simón Zabell en Alarcón Criado son una reivindicación del arte como silencioso lugar donde afecto y pensamiento se reclaman mutuamente

La música y el color guardan entre sí un estrecho parentesco: si la música se apodera del oyente, envolviéndolo, como si creara una nube en su entorno, con el color, antes incluso de intentar darle un nombre, establecemos una sintonía que no afecta sólo a la mirada sino a la totalidad del cuerpo. Baste recordar, si se quiere un ejemplo de lo dicho, los planos iniciales de Muerte en Venecia: el adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler en alianza con el color de la laguna lograban suspender por unos instantes el interés narrativo característico del espectador cinematográfico.

Música y color consiguen ese clímax porque se resisten a nuestro afán de racionalizar e incitan más bien a una silenciosa identificación con una y otro. Tal vez porque tocan un terreno básico de la experiencia artística: aquél en el que el arte transforma en belleza la fuerza y el vigor de una naturaleza que no podemos dominar. Ese momento de impotencia y asombro es el que rememoran la música y el color.

Simón Zabell (Málaga, 1970) reflexiona sobre este paralelo entre la música y el color. Lo hizo ya hace algunos años en una serie que evocaba la obra de un compositor hawaiano, Ernest Ka'al, cuya obra marcaba el principio del fin de la música tradicional de aquellas islas. Ahora su trabajo se centra en Olivier Messiaen.

Hace algún tiempo José Miguel Pereñíguez rememoró con un dibujo de grandes dimensiones una obra de Messiaen, el Cuarteto para el fin de los tiempos, compuesto por el músico francés durante su cautiverio en un campo de trabajo nazi. La obra elegida por Zabell es bien distinta, De los cañones a las estrellas, un trabajo de 1971, fue consecuencia de la invitación de Alice Tully para que compusiera una pieza en conmemoración de la declaración de independencia de Estados Unidos, cuyo bicentenario estaba a punto de cumplirse. Messiaen evitó los tintes heroicos e incluso las raíces liberales que pudiera haber en la celebración, y se centró en una larga reflexión sobre la naturaleza y el paisaje de norteamérica. Le atrajo especialmente el Cañón Bryce (Utah), sus altas paredes roqueñas, animadas por el canto de innumerables pájaros, y las estrellas que se divisaban desde tal enclave, en particular Aldebarán, el astro al que Miguel de Unamuno dedicó un extenso poema. Todo eso lo resume el título de la obra que se estrenaría en el Lincoln Center de Nueva York en 1974 y un año más tarde en Francia.

La muestra de Zabell reflexiona sobre la obra de Messiaen desde una perspectiva claramente conceptual. Por una parte se centra en la materialidad de la escritura musical e imprime, con la ayuda del láser, la larga partitura (la obra, dividida en doce movimientos, tiene una duración superior a la hora y media) en doce lienzos. Como transfiere a la tela las hojas de la partitura superponiéndolas sucesivamente, la superficie del cuadro queda a veces horadada y se convierte así en metáfora visual de la capacidad de la música para dejar huella en la sensibilidad y la memoria. A estos lienzos se añaden otros cuyo protagonista es el color. Zabell se limita a los colores básicos, magenta, amarillo y cián, y al verde, que se unen al blanco y al negro. Estos colores enmarcan a veces el lienzo, formando una suerte de aureola: intensa en los límites de la cuadrícula, va perdiendo saturación a medida que avanza hacia el interior. En éste último los colores reaparecen, pero ahí se disponen en frisos, formando zigzag que se han elaborado con exactas manchas asociadas de los mismos colores colores puros. Es un ejercicio, técnicamente nada fácil, en el que el color aparece sobre todo como vibración y ritmo.

Estas pinturas, muy próximas al arte minimal, se prolongan en dos esculturas, igualmente cercanas a esta concepción artística, en las que el componente fundamental es de nuevo el ritmo. Son poliedros formados por pentágonos irregulares y trapezoides. Esta misma separación de las formas geométricas llamadas perfectas (esto es, de los polígonos regulares) confiere a las piezas un peculiar dinamismo, como si se movieran en busca del orden del que carecen.

Zabell medita sobre la música y el color, pero en vez de presentar de modo inmediato su fuerza, proporciona materiales para rememorarla y pensarla. En una época como la nuestra donde la imagen es casi siempre un reclamo, una búsqueda del impacto que impide y bloquea la reflexión, el trabajo del autor malagueño es una auténtica reivindicación del arte que más que la descarga emocional pretende llevarnos a ese silencioso lugar donde afecto y pensamiento se reclaman mutuamente.

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