Despojos del colonialismo

  • Simón Zabell se inspira en un libro de Robert Louis Stevenson para los trabajos que presenta en la galería Alarcón Criado, donde expone una pintura que desprende cercanía emocional y que no carece de ironía

A lo largo de un siglo, la figura romántica del viajero cedió el relevo al aventurero colonial que a su vez perdió protagonismo en beneficio de personajes residuales, gente extraviada en lejanos puertos, náufragos de los imperios y el mercado. El viajero romántico (de Novalis a Schubert) dejaban el abrigo del hogar para medirse con una naturaleza hostil y con culturas ajenas, a fin de lograr nuevos modos de entender y sentir. Muy diferente era el aventurero: primogénito del colonialismo moderno, decía exportar racionalidad frente a superstición pero importaba beneficios a costa del trabajo indígena. A fines del siglo XIX, cuando en la ciudad moderna adquiere rostro propio el marginado, no faltan en los rincones de los imperios hombres que habían perdido la esperanza y olvidado el respeto a la ley. Joseph Conrad dejó constancia de ellos: de Lord Jim a Kurtz.

Robert Louis Stevenson, de joven aún viajero romántico, dejó en su penúltima novela, Bajamar, un valioso testimonio de esas criaturas residuales del colonialismo. Escrita con su hijastro, Lloyd Osbourne, cuando ya vivía en Samoa, presenta a tres hombre que por vías y con bagajes intelectuales y morales muy diferentes han llegado a un fracaso del que pretenden escapar con la oscura carga de un buque abandonado. Terminarán encontrando a un enigmático personaje que, en una isla sin nombre, acumula perlas que hace recoger a los nativos.

Simón Zabell (Málaga, 1970) ha rastreado la vida y la obra de Stevenson, y construido una sugerente serie en torno a los cuatro personajes de Bajamar. Como ya hizo con Robbe-Grillet, Zabell no busca narrar, sino proponer una convincente metáfora mediante la pintura. Es un cuidado acercamiento a estos cuatro hombres y un intento de comprensión e interpretación de su extraterritorialidad, porque todos perdieron sus raíces sin llegar a adquirir tierra que pudieran llamar propia.

La serie hace pensar en las ideas de John Dewey sobre la peculiaridad de la metáfora: "Tras las palabras, escribió el pensador norteamericano, hay un acto de identificación emotiva y no una comparacíón intelectual". Esta cercanía emocional es la que desprenden las pinturas de Zabell. Abundan en ellas los colores ácidos (rojos, amarillos, azules) que coexisten con superficies trabajadas con una extensa gama de grises. En aquellos colores, casi fluorescentes, hay gotas de ironía: la visión de Stevenson de la sensual naturaleza de los mares del sur parece filtrada por estos colores ácidos que recuerdan al reclamo publicitario y a cierta pintura californiana, como la de Glenn Rubsamen. Al fin y a la postre, hoy apenas podemos tener una visión de la naturaleza no mediatizada por la imagen. Pero el brillo de los colores ácidos tiene el contrapunto de los grises con los que establecen, por contraste o superposición, sutiles tonalidades.

Estas tonalidades son especialmente ricas por la diversidad de los pigmentos usados. Los grises son fundamentalmente óleo colocado con abundante materia, mientras los otros colores son sintéticos y se aplican con espray. De este modo, el teñido de los grises es más delicado y los contrastes no sólo afectan a la vista sino también al tacto. Es llamativo el modo en que se ha aplicado el óleo: forma insistentes círculos, como si la pincelada se hubiera hecho formando un giro de trescientos sesenta grados. No es un recurso decorativo: tal vez el autor pretenda con esos círculos señalar las dos únicas cosas que tienen en común los cuatro personajes, el afán de dinero y un caprichoso destino (o férrea alienación, según se mire) que los hace retornar siempre al punto de partida.

Estas variantes y alternativas del pigmento confieren a los cuadros una suave aunque evidente carga expresiva, que se fortalece con breves y estilizadas figuras que aluden a diversos pasajes de la novela. En general subrayan la soledad y el desamparo que rodean a los personajes, desde la violenta tempestad que casi destroza el barco hasta el incierto desplazamiento en canoa hasta la costa de la isla sin nombre. Pero todos estos rasgos expresivos se dan en obras de fuerte rigor constructivo: divisiones áureas, círculos y líneas prolongan, al convivir con la expresión, el contraste que hemos señalado en el color y el pigmento.

La propuesta de Zabell es así más que satisfactoria. Se completará con un vídeo donde el autor da cuenta de sus investigaciones sobre Stevenson y de su estancia en Tahití en busca de los escenarios imaginados por el novelista escocés. Puede que algún lector piense que la muestra sólo puede disfrutarse conociendo la novela. La galería ha tenido en cuenta tan razonable inquietud, instalando un gabinete de lectura. Por lo demás, Bajamar puede hallarse en la red, en inglés y en una versión castellana, no demasiado brillante.

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