Galatea y las traiciones

  • El traductor Miguel Cisneros recupera para Cátedra el 'Pigmalión' de Shaw, una obra en la que la mente crítica y lúcida de su autor reinterpreta a Ovidio.

PIGMALIÓN.George Bernard Shaw. Edición y traducción de Miguel Cisneros Perales. Cátedra. Madrid 2016, 232 páginas. 11 euros.

Algo de la pervivencia última de los mitos -también de su ductilidad e irrespetuoso vaciado- debe interesar al joven y brillante Miguel Cisneros, autor de No habrá más sol tras la lluvia (Ediciones La Piedra Lunar). Ahora, tras aquella novela-western escrita sobre el palimpsesto desvaído de la Odisea y desde el crepúsculo estrangulado del género que cantó el nacimiento de una nación, acaba de dejar por las librerías una cuidada edición de Pigmalión en la valiosa y reconocible colección Letras Universales de Cátedra.

Recuperamos aquí a George Bernard Shaw, entonces, como la gran mente crítica tras esta popularísima refundación mitológica de Ovidio, un irónico y amargo cambio de signo y puesta al día (los anteriores justamente a la Gran Guerra) de la historia del escultor y su estatua dotada de vida en la que amalgamó sus intereses de lingüista con una acerada sátira sobre el jerárquico sistema social británico a partir del encuentro entre el fáustico profesor Higgins y la floristera Eliza Doolittle, "cateta zarrapastrosa" en palabras del primero pero dueña de un acento cockney que proporciona un reto al antisocial y misógino fonetista. Una apuesta maquiavélica en la que el fin vuelve a justificar los medios, lo que permite a Higgins y a su bienintencionado aliado Pickering bajar contentos el telón mientras Eliza, si bien ya convertida en toda una señorita con una dicción impecable capaz de engañar a los más egregios representantes de la alta sociedad, debe despojarse del disfraz de Cenicienta tras aceptar que sólo el dinero permite recortar patrones individuales de un férreo fondo clasista caracterizado por la hipocresía.

Como se sabe, y en su suculento estudio introductorio repasa con detalle el también traductor Cisneros, Shaw, alejándose del esteticismo wildeano al tiempo que se abría a la influencia transgresora del teatro de Ibsen, persiguió la transmisión, asumidamente didáctica, de un relato de toma de consciencia y maduración que sin duda podríamos calificar de feminista y que se avenía mal con las constricciones propias del género melodramático convencional. Las constantes reescrituras y añadiduras a las que el dramaturgo sometió el texto durante décadas -hasta pocos años antes de su fallecimiento- fueron el síntoma, sin embargo, de una significativa traición de los adaptadores primero y del público soberano después al espíritu de la obra, saboteada desde las primeras representaciones (mucho antes, por lo tanto, de My fair Lady de Cukor) mediante la sugerencia de un happy end amoroso entre Higgins y Doolittle. Un deus ex machina, en cierta medida, que bien podría haber actuado como una denuncia de las estrechas expectativas del consumidor de divertimento, pero que en la práctica sólo supuso una deslealtad tanto a la alianza de las mujeres (el binomio formado por la madre del fonetista y Eliza) como al pétreo, radical y liberador infantilismo de Higgins, quien, aquejado de una profunda insensibilidad, alcanza no obstante en el original la libertad suprema de decir lo que piensa.

Leída hoy día, aceptando que una obra maestra lo es cuando en su seno yace escondida la semilla de extraños y contradictorios frutos que sacian muchos tipos de apetitos (también que la apertura debe ser el lógico corolario de una obra que a su vez reescribe una tradición), molesta menos el trueque de signo de su desenlace que el hecho de que tantas adaptaciones de Pigmalión hayan rebajado el afilado verbo de Shaw y la negrura de algunos recovecos de la obra que siguen presentándose como un desafío para los dramaturgos.

Asimismo ocurre con otro rebajamiento de intensidad propiciado por el triunfo del amor interclasista: la crítica al vil metal, obstáculo supremo para el ascenso social de Eliza en el original, y regalo envenenado para su padre Alfred, quien comprueba que, cuando cae del cielo, la fortuna se convierte en un imán que al atraer a los interesados sólo alimenta la desconfianza. Por último, el apuntado o consumado affaire entre Eliza y Higgins supone, curiosamente, una ceguera con respecto al auténtico, si bien doloroso, final feliz de la obra. Uno que, aventuramos, resultaría muy del gusto de la filosofía analítica coetánea a la escritura de la obra que tomaba fuerza en el territorio anglosajón: ampliando los límites de su lenguaje, Doolittle lo hace con los de su mundo, lo que trae consigo ese tipo de ganancias que el dinero no puede comprar.

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