Jesús Álvarez. periodista y escritor

"Gracias a la solidaridad no se ha producido un estallido social en Sevilla"

  • Su primera novela, 'El ingeniero que no sabía bailar', es un retrato de la crisis en los mayores de 50 años

El periodista sevillano Jesús Álvarez. El periodista sevillano Jesús Álvarez.

El periodista sevillano Jesús Álvarez. / José ángel garcía

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-El mensaje de la novela es contundente: a todos nos puede pasar. Incluso a un ingeniero.

-Esta novela surge de una historia real que me contaron a raíz de un reportaje que publiqué sobre el comedor social San Juan de Dios en la Navidad de 2014. Allí descubrí un perfil nunca visto antes en estas instituciones: profesionales maduros con títulos superiores que habían perdido su empleo. Iban a compartir mesa y mantel con el usuario tradicional de los comedores: indigentes, personas con problemas de alcoholismo, problemas mentales o de adicciones. Entonces intenté contactar con este ingeniero en el que se basa Álvaro, el protagonista del libro, y a partir de lo que fui investigando construí esta novela, que por supuesto es una ficción.

La sociedad ha fallado cuando hay personas tan válidas a las que no se les da su sitio en el mundo"

-¿Sigue en contacto con El ingeniero que no sabía bailar?

-No, porque esta persona, como es lógico, se avergonzaba de estar allí y no quería que nadie lo conociera a pesar de que le ofrecí guardar su anonimato. Así que supe de su historia por otras personas. Pero por desgracia todos conocemos casos similares, de hecho, tres de mis mejores amigos, con más de 50 años, están en paro desde hace más de dos años y no reciben ninguna prestación ni tienen ingresos. Sin el colchón familiar cualquiera podría caer en un comedor social, o yo mismo.

-Resulta paradójico que sean ellos los que sientan vergüenza y no al contrario, cuando como sociedad lo permitimos.

-Hay que ponerse en la piel de una persona madura que ha tenido todo: su club deportivo, viajes al extranjero, buenos coches, buenas casas...y en pocos años esto desaparece. Tiene que ser un shock muy duro y más en Sevilla, donde las apariencias son tan importantes. Ha de ser difícil contar en primera persona que has caído hasta ese punto. La sociedad ha fallado cuando hay personas tan válidas a las que no se les da su sitio en el mundo.

-¿Cómo ha reseñado la dicotomía de Sevilla: ciudad de solidaridad y apariencia?

-Sevilla es una ciudad de contrastres. Durante la crisis surgieron una serie de instituciones religiosas y no religiosas que prestaban servicio a las personas que más lo necesitaban, como Cáritas o San Juan de Dios, a modo de red social de favores. Gracias a la solidaridad no se ha producido un estallido social en Sevilla, no ha habido revueltas ni altercados. La gente ha tenido un colchón familiar o el respaldo de las ONG. También es una ciudad de apariencias: la crisis saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Hay un grupo de adolescentes en la novela que representan la agresividad hacia los pobres: la aporofobia. Esto ha pasado en Sevilla, Madrid, Barcelona... Incluso se les ha prendido fuego mientras dormían en cajeros. Esos son los contrastres de la crisis.

-¿No tenemos todos ese miedo a la pobreza o a reconocernos como pobres?

-Tenemos miedo a la pobreza, a reconocernos como pobres y, sobre todo, a perder lo que tenemos.

-En cierta forma la novela narra una cura de humildad.

-Cuando Álvaro llega al comedor social al inicio de la novela va con cierta altivez pensando que no tiene nada que ver con la gente que está esperando en la cola para que le den de comer, un mundo al que él no pertenece o más bien no considera suyo. Pero a medida que va relacionándose con estas personas desmonta sus ideas preconcebidas. Esas personas se convierten en su familia.

-La crisis trajo consigo la concepción del trabajo como privilegio y el expolio de los derechos laborales. ¿Esta realidad ha llegado para quedarse?

-Me gustaría pensar que no. Las señales que nos dan no son buenas. Cáritas atiende ya a una categoría nueva que no existía antes de la crisis: trabajadores pobres.

-La globalización y la revolución tecnológica hicieron que el ingeniero perdiera su empleo. ¿Hemos de verlos como enemigos imparables?

-No creo que debamos verlos como enemigos pero es evidente que la globalización ha traído cosas buenas y no tan buenas. La clase media-alta, de los países europeos sobre todo, es una de sus víctimas directas. El trabajo que hacía Álvaro en la fábrica de automoción ahora lo puede hacer alguien desde Singapur cobrando la mitad. Ya no son sólo las personas no cualificadas las que han de temer a la globalización y a la tecnología, sino personas formadas a las que le cuesta competir con sus homónimos en el mundo. En Japón, por ejemplo, ya hay robots en la recepción de algunos hoteles.

-¿Hay lugar para la esperanza?

-Mientras el ser humano sea capaz de pensar en alguien más que en sí mismo habrá esperanza.

-¿Por qué publicó su primera novela en Amazon?

-Si no eres un autor conocido hay pocas editoriales que apuesten por nuevas voces, otra de las consecuencias de la crisis. La publiqué porque a pesar de las cifras oficiales y de que la UE afirme que se ha cerrado esta etapa tras diez años, hay muchas personas, especialmente de más de 50 años, para los que la crisis no ha acabado. De hecho, es el único colectivo en España que desde que empezó la crisis no ha bajado su número de desempleados sino que lo ha aumentado. Hay 560.000 personas en paro mayores de 55 en nuestro país y la cifra desde el inicio de la crisis hasta el 2017 se ha triplicado -ha crecido un 320%-.

-¿Que le gustaría conseguir con esta novela?

-Que no olvidemos todo lo que ha pasado en estos diez años porque realmente la vida nos ha cambiado a todos. Siempre es bueno tener memoria para no repetir la historia. La economía capitalista occidental es cíclica y ahora estamos en un ciclo de recuperación pero volverá otro bajista y, quizá, deberíamos aprender de las lecciones que nos ha dado esta crisis.

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