Flamenco

Hombres y mujeres en Jerez

  • El Festival de Jerez, recientemente concluido, presentó una edición marcada por el conservadurismo y con alguna que otra joya en sus márgenes

Con Jerez, me refiero a su Festival de Baile, llega al año flamenco la primavera. Coincide la quincena con las primeras eclosiones de azahar. El Festival se enfrenta con un problema fundamental desde sus inicios: el del difícil equilibrio para satisfacer dos demandas tan alejadas como la de ofrecer un mapa de las distintas tendencias de la danza flamenca contemporánea, por un lado, y la de responder a las necesidades localistas, por otro. Demandas localistas en un doble sentido: el propio de una tierra con un fuerte carácter flamenco, y el de un público poco habituado a propuestas escénicas de vanguardia. Esta edición se abrió con un espectáculo llamado ¡Viva Jerez! y se cerró el pasado sábado día 8 con un programa doble compuesto por El Güito y Manolo Sanlúcar. Sorprende la ausencia de Rocío Molina, la más inquieta de las bailaoras de hoy, reconocida ya por público y crítica, y con tres espectáculos en gira, ninguno de los cuáles ha sido visto en Jerez. Aunque, por otro lado, la malagueña ha visitado ya, en tres ocasiones además, la muestra. Jerez, con El Pipa, Maria del Mar Moreno, Mercedes Ruiz, El Capullo, Fernando Terremoto, Elu, Paco Cepero, Angelita Gómez, David Lagos, Ezequiel Benítez, Antonio Malena, Leo Leal y un largo etcétera, que incluye a Paco López, director de la muestra, se miró este año un poco el ombligo, y se mostró más tímido en las propuestas de riesgo. Rescató, felizmente, a maestros como Mario Maya, Esmeralda o el mencionado Güito, y se olvidó de las nuevas propuestas de La Choni, La Moneta o Belén Maya. Por no hablar de ofertas más radicales de Increpación Danza o Juan Carlos Lérida, por poner algunos ejemplos a vuelapluma. Y no quiero hablar del cante o el flamenco instrumental, porque estos no son los platos fuertes de un festival centrado en la danza.

Lo mejor de Jerez ha estado también este año en los márgenes. En una edición marcada por grandes nombres como Yerbabuena o Carrasco, lo mejor ha sido un espectáculo íntimo, con solo tres intérpretes, llamado Cuando unoquiere y el otro no. La obra, que ha visitado varios certámenes de danza y teatro contemporáneos, pero que apenas se ha visto en el circuito flamenco, es un verdadero tour de force de tres intérpretes, dos bailaores y un cantaor. Los primeros, Marco Vargas y Chloé Brûlé, escenifican los vaivenes de toda relación de pareja, de toda relación. Con eficacia, humor, pasión, melancolía y verdad. El cantaor Juan José Amador puntea, comenta, subraya o sirve de paño de lágrimas a los dos protagonistas con el sólo instrumento de su voz y su presencia física, demostrando un dominio rítmico, un timbre vocal prodigioso, un registro único, una potencia abismal y una presencia escénica asombrosa.

Andrés Marín presentó El alba del último día perfectamente engrasado tras la veintena de representaciones que ha sufrido desde la Bienal sevillana de 2006. Austeridad en las formas y barroquismo en el concepto. Cante de altura y baile de una perfección técnica casi desesperada y distanciada a la búsqueda de los tuétanos del dolor.

Ultra High Flamenco es una formación liderada por un contrabajista, Pablo Martín, cosa insólita en este arte, que recibe la réplica melódica del violín de Alexis Lefevre y la guitarra del Bolita. Paquito González y Cepillo aportan el humor y la base rítmica. Sorprendieron a los que no conocían su espectáculo, articulado sobre las melodías nuevas y las formas viejas (soleá, bulerías, tangos), variaciones y complicidades sin cante ni baile. Su propuesta se cerró con la Bulería de los 10 huevos, alusiva a la composición estrictamente masculina de la formación.

En el otro plato de la balanza, desde la Bodega Los Apóstoles al escenario del Teatro Villamarta, Belén Maya, Merche Esmeralda y Rocío Molina protagonizaron Mujeres, un espectáculo dirigido por Mario Maya y concebido por Miguel Marín. La obra tiene un paso a dos espeluznante entre Belén y Rocío Molina, quintaesencia de la extraña mezcla de miel y geometría que caracteriza el baile de las dos intérpretes, en especial el de Maya. Fue lo mejor de la propuesta, junto a la pataíta final, emotiva, del maestro Mario. Por lo demás no deja de ser un recital de tres grandes intérpretes, con una gran soleá de Esmeralda, unos emotivos tangos de Belén y una seguiriya de Molina oscura y más bien aburrida por el exceso de recursos que Rocío carga a una pieza cuyo espíritu exige austeridad. Es decir, una obra coyuntural.

Eso fue lo que vi y lo que sentí. Eso sí, al festival hemos de agradecerle siempre la inclusión de intérpretes vinculados, de cerca o de lejos, a la escuela bolera, al folclore y al clásico español, disciplinas en vías de extinción que este año contaron con la presencia de Miguel Ángel Berna y Mayte Bajo.

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