Imágenes sinfónicas

  • Se edita la '7ª Sinfonía' de Ángel Illarramendi, compositor habitual del cine español de las dos últimas décadas

Junto a Alberto Iglesias y Pascal Gaigne, Ángel Illarramendi, cincuenta años recién cumplidos, conforma el trío esencial de compositores vascos que han dignificado con su talento y profesionalidad el sonido del (sordo) cine español de las dos últimas décadas. La calidad, el rigor y la seriedad de su música para títulos como Tasio, de Montxo Armendáriz, El último viaje de Robert Rylands, de Gracia Querejeta, Yoyes, de Helena Taberna, El hijo de la novia, de Juan José Campanella, Tiempo de tormenta, de Pedro Olea, Los Borgia, de Antonio Hernández, o Teresa, el cuerpo de Cristo, de Ray Loriga, así lo atestiguan.

Alejado del ruido de la industria, en su nueva casa-estudio en las faldas del monte Jaizkibel, el compositor alterna sus encargos cinematográficos (más de 30 entre ficción, documental, televisión y animación) con su ineludible cita con la obra autónoma para concierto, que incluye sinfonías, óperas, una misa y numerosa música de cámara. Papel pautado, lápiz y piano son suficientes. En la era del Macintosh y los samplers, Illarramendi trabaja a la vieja usanza, sin necesidad de echar mano de los sofisticados programas informáticos que ayudan a sincronizar al detalle música e imagen o a preparar orquestaciones sinfónicas simuladas.

Después de estrenar Todos estamos invitados, de Manuel Gutiérrez Aragón, aparece en el mercado discográfico su 7ª Sinfonía (Karonte), una solemne y majestuosa pieza de 38 minutos en dos movimientos (Adagio - Moderato), grabada con la Orquesta y Coros de la Filarmónica de Varsovia bajo la dirección de Wojciech Rodek.

De formación clásica y académica, por la música de Illarramendi, de irrenunciable sesgo tonal y espíritu romántico, corre una poderosa veta melódica emparentada con el folclore tradicional de su tierra, faceta ésta que trasciende lo local para abrazar lo que para nosotros es una extraña cualidad cinematográfica fordiana (de John Ford), una forma y unos modos poéticos, reposados, serenos e intemporales, míticos, legendarios y arcanos en definitiva, que se filtran en buena parte de sus composiciones.

Su 7ª Sinfonía no parece ser una excepción. Su expansividad y musculatura sinfónica, sus contrastes de furia y sosiego, su indisimulada búsqueda del crescendo emocional a través de la sección de cuerda y del juego constante de fugas y contrapuntos, se construyen sobre un generoso despliegue melódico marca de la casa, melodías que progresan, se persiguen, aparecen y se esconden para reaparecer de nuevo, apuntadas por el violín en el inicio de la pieza, moldeadas en lúdico scherzo, retomadas por el piano, el arpa y la orquesta, fraseadas por la voz de la soprano Elena Panasyuk, que emerge espectral de las entrañas del coro mixto.

Entre lo lírico y lo misterioso, entre lo espiritual y lo dramático, la 7ª Sinfonía condensa el catálogo de virtudes (también algunos excesos) de la música del compositor de Zarautz. Se trata, como ha señalado Roberto Cueto, de una pieza "cantabile, accesible y clara", música de cine que puede respirar con amplitud y sin limitaciones en el formato sinfónico, música apasionada, contundente y arrebatadora que no oculta sus filiaciones con la tradición europea del XIX y con un oyente al que se apela de frente, sin más coartadas que las del inefable lenguaje de las emociones.

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