Mala Punica entusiasma a un público escaso

La programación de un ciclo de Ars Nova y Ars Subtilior en el Festival de este año ha sido todo un acierto, pues se trata de un repertorio muy poco escuchado en Sevilla y que contiene un enorme potencial para fascinar y enganchar a públicos deseosos de transitar caminos diferentes a los ya excesivamente trillados del Barroco. Lástima que la asistencia a los dos conciertos hasta ahora ofrecidos (el de Tasto Solo y el de ayer de Mala Punica) haya sido la menor de todo el ciclo, lo cual demuestra que queda mucho por hacer en el campo de la difusión.

Porque Mala Punica es, sencillamente, el mejor y más prestigioso conjunto del mundo en este terreno, un terreno que exige una alta especialización, como la que puede ofrecer el argentino Pedro Memelsdorff, un enamorado no sólo de la música, sino de todo el arte y los modos de vida de la Baja Edad Media.

Memelsdorff defiende con pasión una música en la que ha profundizado como pocos. Partiendo de un introito gregoriano extraído del Liber Usualis y pasando por el Kyrie de la conocida como Misa de Barcelona y un motete de Philippe de Vitry, el músico que dio nombre al Ars Nova, el conjunto de Memelsdorff se centró en baladas y rondeaus de compositores anónimos y otros como Anthonello y Filipotto da Caserta, cercanos a la corte napolitana de los Anjou. Música de extremo refinamiento y llena de sutilezas, que en su época tenía un alto componente especulativo, erudito y experimental, música con la que los compositores del siglo XIV jugaban a plantear y resolver enigmas, pero que, además de su vertiente intelectual, conserva, oída hoy, un altísimo grado de sensualidad y de fuerza expresiva.

Siempre ha defendido Memelsdorff la mezcla de voces e instrumentos para este repertorio, unas mezclas que fueron creciendo en intensidad con el paso del recital. Demasiado comedido con el volumen se mostró Mala Punica al principio, lo que unido al tipo de emisión vocal y a la abundancia de melismas y disminuciones provocó serias dificultades para aproximarse mínimamente al contenido de los poemas.

En repertorio polifónico como éste, de gran riqueza y complejidad rítmica, Memelsdorff opta juiciosamente por privilegiar la horizontalidad de la música, por lo que el empaste de las voces queda supeditado a la claridad, a los matices de color, de prosodia, de dicción de cada cantante. En los acompañamientos, se enfatizaron los tonos tenues y delicados creados por un escaque (una especie de salterio mecánico, parecido al clavecímbalo empleado por Tasto Solo días atrás) y las fídulas (tanto frotadas como punteadas), con algunos momentos de protagonismo para las flautas del propio Memelsdorff. Larga y entusiasta ovación del público, que obligó al conjunto a repetir la última pieza del programa.

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