Naturaleza en el curso del tiempo

  • Dos exposiciones muestran la obra del fotógrafo almeriense José María Mellado, que aporta una mirada singular sobre el paisaje gracias a su dominio de la técnica digital

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En cualquiera de las versiones de El imperio de la luz, el pintor surrealista Rene Magritte ofrece uno de sus más acertados retruécanos visuales: bajo el cielo claro adornado de blancas nubes, la fachada de una casa rodeada de jardines frente a un pequeño lago y custodiada por un gran árbol es débilmente iluminada por la luz de una farola. Aparentemente nada parece perturbar escenario tan burgués y concebido de manera calculada y razonable para proyectar seguridad y confort, pero la inquietud que la escena proyecta es inmediata por la imposibilidad de admitir semejante oscuridad de la casa bajo un cielo tan luminoso. El hecho de que todas las ventanas de la casa estén cerradas menos dos del piso alto que se iluminan desde dentro aporta un rasgo de cotidianidad, reforzando la paradoja visual.

Algo parecido ocurre con las fotografías de paisajes de José María Mellado, pero él no trata de jugar con las luces de manera paradójica sino de hacer creíble el juego de luces entre sus tempestuosos cielos y la tierra que los soporta. La lógica visual y la costumbre nos dice que esos cielos tan cargados de nubes amenazadoras no deberían iluminar con tal precisión y detalle el panorama que se extiende bajo ellas y, sin embargo, los paisajes que nos muestran sus fotografías funcionan como una realidad aceptable o, cuando menos, muy verosímil. La capacidad documental que de por sí arrastra la fotografía, potenciada por los tratamientos a los que se puede someter una imagen digital para ofrecer en gran formato la perfecta definición de los más pequeños detalles y accidentes mientras se asigna la luz conveniente a cada elemento para componer la visión definitiva.

Pero no sólo se trata de técnica, por muy necesaria que sea, sino, sobre todo, de mirada y de intención. Las fotografías de Mellado se distinguen por su elevada calidad técnica, pero interesan por su concepción del paisaje y el tratamiento de la naturaleza como personaje. Personaje abrumador e imponente en los paisajes casi incontaminados de Islandia que se muestran en la galería Full Art, o silencioso pero cargado de energía en las series del Espacio Iniciarte, donde los testimonios de la acción del hombre sólo pueden aparecer como ruinas ante la majestuosa manifestación de sus poderes, encaminados a restaurar el orden primitivo. El lugar central que suelen ocupar estas ruinas, testimonio de la alianza del tiempo con la naturaleza, no puede equivocarnos sobre el sentido de las fotografías, pues no indican la añoranza de un tiempo pasado y glorioso -poca gloria puede arrojar la casa de Batista en Cuba-, sino la inminencia de un futuro que promete, como indica el título de la exposición del Espacio Iniciarte, retornar al origen. Y es que a pesar del aspecto post apocalíptico que puedan tener los paisajes de Mellado, en los que la figura humana está prácticamente ausente, se trasparenta una consideración casi sagrada de la naturaleza como la que tenía Ansel Adams cuando fotografió los grandes espacios naturales de Norteamérica; una influencia decisiva en la obra de Mellado y que se extiende también al terreno práctico de la experimentación técnica y formal para enfatizar de manera muy significativa la presencia de aquello que entendemos por naturaleza.

Otra característica importante de los paisajes de Mellado es la profundidad de los mismos, acentuada en ocasiones por el uso frecuente de carreteras o corrientes de agua como líneas de fuga que se dirigen al infinito. Recurso derivado de la pintura que también ayuda a señalar cierto pictorialismo en su fotografías. El éxito de las fotografías de José María Mellado es saber jugar con todos estos referentes técnicos y artísticos y salir indemne ofreciendo una visión personal de la naturaleza.

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