Obras para convivir con ellas

  • El Cicus programa una muestra sobre el arte sonoro y audiovisual, un registro que cuestiona la pasividad del espectador Los fondos proceden de la asociación de coleccionistas 9915

Hace poco más de un siglo, un aspirante a artista, empeñado en buscar caminos alternativos al que por entonces trazaban las vanguardias, pensaba en una "escultura sonora duradera". Consistiría en sonidos que duraran y que partieran de distintos puntos. La propuesta de aquel artista cuestionaba la escultura porque anteponía a la rotunda materialidad de la pieza el espacio que esa misma obra pudiera generar. Pero a tal desmaterialización añadía una nueva actitud ante la música: más acá del tiempo acompasado por la jerarquía de notas rastreaba otro, el que pudiera surgir de una red de sonidos que rodearan al espectador. Así, Marcel Duchamp pensaba en obras que, en vez de cautivar al espectador con sus formas, le ofrecieran cruzar -cada uno a su manera- la frontera de eso que llamamos arte.

La pretensión de Duchamp, fechada entre 1912 y 1915, entonces irrealizable, es ahora una de las claves del arte sonoro. Se comprueba fácilmente con una obra, Two Sisters, de Susan Philipsz: la ingenua canción popular en el cruce de voces (siempre de la propia autora) y las vibraciones del violín crean espacio donde menos se esperaba hallarlo: en la galería alta del patio del Cicus (Escuela de Comercio después de ser Facultad de Medicina). El añadido de elementos visuales no altera en exceso las posibilidades del sonido: puede comprobarse en Voces en Off de Begoña Montalbán. Poemas de mujeres que optaron un día por el suicidio surgen de dieciocho altavoces situados ante los labios femeninos que los leen.

El arte audiovisual, al menos en las piezas que aquí se presentan, ponen también en cuestión la relativa pasividad del espectador cinematográfico. En la mayoría de los casos la obra exige exploración. A veces por su sencillez, como ocurre con la unión de objeto y escenografía de Ignacio Llamas (Arañar el silencio) y otras, por la cadencia narrativa que impulsa a la repetición: es el caso de las imágenes del destrozado hotel de Mario García Torres (que dan una nueva dimensión de la obra de Daniel Buren).

Puede que la obra más ambiciosa de la muestra sea la del autor más joven, Adam Pendleton (Richmond, Virginia, 1984) que, en la estela de Godard, incluye entre las imágenes de la grabación de una nueva canción del grupo Deerhof las de un viejo documental de los Black Panthers. Más modesta y también más sutil es Speaker Waves de Leslie Deere (autora de y experta en música concreta), que hace visible el sonido ambiente, incluido el que produce el propio espectador. Análoga atención reclaman la obra de Iñaki Bonillas y Ogive Satie, de Pep Fajardo. En esta última, el espacio formado con las teclas de un piano evoca las formas góticas que impulsaron las tres Ojivas de Satie que suenan suavemente en su interior. Mas radical es Dirigir las nubes: la filmación de Glenda León reclama a la mirada un tempo lento desde el énvés de la música: el silencio.

A todo ello hay que añadir dos indagaciones, las de Paco Guillén y Juan del Junco, y el humor de Federico Guzmán. Guillén aborda desde diversos puntos de vista la relación entre grafismo y danza, aplicándola al baile por alegrías. Del Junco filma un lenguaje ancestral, voces, gestos y ritmos de los cabreros para mover el rebaño. Guzmán juega con el objeto y el sonido reggae en su monumental Reggaera que guarda en su interior una saludable planta de marihuana.

Aún habría que citar una potente idea de paisaje: la que ofrece Menhir (Coco Moya e Iván Cebrián). Las imágenes de los montes asturleoneses conviven con los bloques de carbón que guardan en su interior y de los que el espectador, al tocarlos, hace nacer el sonido. Para los más viejos, la pieza no está exenta de rasgos políticos que también se advierten en el juego entre posesión y libertad de Eder Santos, en la memoria de la violencia de Zsolt Asztalos y en la ironía que sobre la información reservada construyen Samuel Orti y Nelo Vinuesa.

Tan variadas obras (alguna me dejo atrás) constituyen los fondos de 9915, asociación de coleccionistas que ha posibilitado esta densa muestra que exigirá al aficionado más de una visita. Son piezas, en efecto, que más que la mirada reclaman la sintonía reposada, casi una convivencia, y una vez que entras en cada una de ellas las demás crean fronteras que no cabe ignorar. La exposición reclama pues un largo paseo casi siempre interrumpido por algún matiz hasta entonces ausente.

La misma densidad de la exposición señala sus posibles deficiencias. Una de ellas puede ser el número de obras que a veces más que competir se estorban. La otra, mucho más clara, es que falta una información mayor de cada pieza. En las cartelas se echa de menos a veces la técnica y, en cualquier caso, debería haber una hoja de sala que orientara al espectador.

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