Cultura

Partirse, en el buen sentido

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No es la primera vez, ni mucho menos, que visitan nuestra ciudad, pero el público que abarrota sus espectáculos -en esta ocasión durante tres jornadas consecutivas, de martes a jueves, las entradas agotadas desde hace días- ríe a mandíbula batiente sus gags como si fueran recién cocinados. Y eso que llevan rodando por los escenarios cuatro décadas. Para ese público incondicional que sabe a qué atenerse, que es capaz de prever muchos de sus chistes y conoce bien a sus personajes -Warren Sánchez o Johann Sebastian Mastropiero, entre los más célebres-, para ese público fiel y entregado que sabe perfectamente "lo que va a venir" está concebido este penúltimo refrito de Les Luthiers, conjunto de hombres orquesta capaces de (casi) todo.

Son más de 40 años en la carretera -y en la cabeza: menos pelo, más canas y tanta inventiva como antaño-, pero Les Luthiers hacen de la necesidad virtud, sirviéndose de su afilada ironía: la madurez -por no referirnos a la decrepitud de ese personaje fenomenal que es José Duval, viejísima gloria de la canción viejísima- se integra graciosamente en el espectáculo, que juega con el guiño y se torna entrañablemente autorreferencial. Así, en la última pieza, fuera de programa, se marcan un hip-hop que canta las costumbres de la juventud de hoy: "costumbres moralmente inaceptables y tristemente incalcanzables".

Por otra parte, el recién llegado al circo de estos extraordinarios majaras -uno mismo, por ejemplo, fan de Faemino y Cansado, veía por primera vez un espectáculo de estos cómicos argentinos- no se ve excluido de la carcajada comunal. Desde los "salmos sectarios" de Warren Sánchez, pasando por la disparatada banda militar de La Balada del 7º Regimiento (tan bravo y aguerrido regimiento, que resulta ser del enemigo, de ecos gilescos); las desopilantes introducciones a la música "seria" del gran maestro apócrifo Mastropiero, con esos títulos interminables (Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus Hazañas en Tierras de Indias, de los Singulares Acontecimientos en que se vio Envuelto y de Cómo se Desenvolvió); los escarceos amorosos del gran obstetra Schmerz von Uter; el grito de los nativos a la llegada de los conquistadores españoles ("¡por fin nos descubrieron!")... Uno, recién llegado, acaba -y empieza- riendo como el que más.

¿Y qué decir del alarde musical? ¿Qué me dicen de ese periplo musical por América del Sur que es la Carta del Adelantado, desde su llegada a la Argentina y perseguido por los caníbales y la música andina hasta el Caribe? ¿Y esa pieza en que hacen gala de su multiinstrumentismo, tocando consecutivamente todos los tipos de instrumentos posibles, en las mil formas caprichosas que ellos confieren a sus violines de lata, sus flautas de pan fabricadas con tubos de ensayo, sus abigarradas tablas de lavar...? Es suyo el arte de combinar magistralmente el pulso narrativo y la música, siempre rendidos a la guasa.

De modo que el peso de los años no parece haberlos momificado tanto que no consigan arrancarnos las carcajadas y la admiración de siempre.

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