Rusia envenenada

Presentada a última hora en el pasado Festival de Cannes, casi recién salida de la sala de montaje, con dos cadáveres aún calientes a sus espaldas, El caso Litvinenko viene a reivindicar el documental como instrumento de visibilidad informativa en la era de la sospecha y el control de los medios de comunicación. El lector que siga la actualidad estará familiarizado con el caso y con algunos de sus protagonistas: Alexander Litvinenko, un agente del FSB (Servicio Federal de Seguridad ruso) fue envenenado en Londres por antiguos miembros del mismo cuerpo tras haberse exiliado en Inglaterra huyendo de las amenazas de su país después de haber destapado una intrincada red de corrupción político-policial. También reconocerá el espectador informado a la periodista Anna Politkovskaya, cuya independencia y tenacidad investigadora sobre las conexiones del gobierno de Putin con los atentados de Moscú de 1999 le acabaron costando la vida el año pasado en un oscuro portal de San Petersburgo.

El periodista Andrei Nekrasov, amigo de ambos, se erige ahora en el guía conductor y protagonista de esta investigación documental que pretende refrendar las tesis de Litvinenko y Politkovskaya a través de entrevistas con ambos y con otros especialistas o pensadores (André Glucksmann entre ellos) que sostienen la implicación directa de Vladimir Putin, de cuya larga y oscura trayectoria en la KGB y en el FSB también se nos da buena cuenta, en un entramado político de corrupción, miedo y extorsión que poco difiere, aunque ahora estemos en la Rusia democrática (sic) y consumista, de los métodos más atroces y totalitarios de la época comunista. Es así que descubrimos, o al menos se nos cuenta, que Putin ha mantenido contactos con las mafias de la droga colombiana, que autoriza operaciones secretas para consolidar el conflicto checheno y dar así salida a sus operativos militares o, más concretamente, que da el visto bueno a operaciones de depuración de voces disidentes como las que han dado con Litvinenko o Politkovskaya en el cementerio.

Nada que uno no pueda imaginarse, en el fondo, viéndole la cara al personaje y a algunos de sus cómplices, entre ellos los propios agentes que supuestamente envenenaron a Litvinenko con polonio y que se pavonean aquí ante la cámara conscientes de su impunidad en una escena escalofriante.

Expuesto todo ello con claridad didáctica y sentido del suspense, habrá que concluir que El caso Litvinenko tiene el mérito de alzar una voz discordante y valiente en un contexto geopolítico donde se juegan vidas humanas, por más que su estructura, que insiste en dar voz siempre a los miembros de un lado de la historia, acabe por ser un poco redundante a la hora de justificar su, por otro lado plausible, tesis de investigación. Nekrasov se erige en una suerte de moderado Michael Moore y protagoniza las pesquisas con un pequeño exceso de ego que, en ocasiones, roza el exhibicionismo. Estamos aquí, en el fondo, ante un canto a la independencia del periodista valiente, ante una loa a la función del cuarto poder para destapar la verdad. Tal vez podría haberse suavizado la tendencia del discurso, abrir las sospechas en otras direcciones, establecer una razonable duda como método. Pero no era de eso de lo que se trataba. De lo que no queda ninguna duda, y es eso precisamente lo que convierte este trabajo de actualidad y urgencia en un filme de obligada visión, es que en el proceso de su elaboración se han quedado por el camino dos de sus protagonistas.

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