Crítica de Cine

Testimonio perjudicado por el verbalismo y el metraje

Arnaud Valois, en '120 pulsaciones...'. Arnaud Valois, en '120 pulsaciones...'.

Arnaud Valois, en '120 pulsaciones...'. / d. s.

120 pulsaciones por minuto ha obtenido muchos premios, entre ellos el del Jurado en Cannes, además de casi unánimes críticas entusiastas. Creo que se trata de una exageración. Es interesante por su temática -el activismo anti sida en la Francia de los 90- y por la radicalidad de algunas de sus elecciones formales. Pero tiene un metraje excesivo -dos horas y media- en relación con el material narrativo que maneja y las formas expresivas que escoge. Optar por una línea intermedia entre el cine de poética dura fassbinderiana (la relación entre los jóvenes amantes homosexuales) y la transversalidad documental/ficción godardiana (las largas secuencias de asambleas o las acciones de protesta) exige una mayor contención en el metraje. A veces parece un docu-reality televisivo que funcionaría muy bien en dos o tres entregas pero cansa en visión continuada. Y no siempre funcionan los saltos entre lo festivo-reivindicativo, hasta con un cierto aire de happening, y lo severamente dramático, haciendo que pierdan peso secuencias tan secamente contundentes como la de la muerte de uno de los protagonistas y el posterior duelo. Está claro que Robin Campillo (guionista y montador de Laurent Cantet y director de La resurrección de los muertos y Chicos del Este) quiere alejarse del engolamiento dramático para arremeter -más bien escupir- contra el tratamiento del sida en la era Mitterand con la irreverente furia de los activistas. El problema es que derrocha metraje y palabras (además de contradecirse con alguna cursilería retórica como el Sena convertido en un río de sangre) sin lograr del todo su objetivo.

Comete ese error tan propio del cine testimonial de filmar para convencer a los convencidos. Y no da información para que el espectador no francés pueda comprender la justa furia de los activistas franceses de Act Up (grupo de acción directa nacido en Nueva York en 1987 para exigir cambios legales, el cese de la demonización de los afectados, educación sexual preventiva y fondos para la investigación). Una de las manchas más graves de la era Mitterand fue su obstinado silencio sobre el sida, la prohibición de anuncios preventivos y sobre todo el escándalo de la sangre contaminada. En 1991 se supo que las autoridades sanitarias habían permitido que en 1984 y 1985 circularan partidas de sangre infectada por no servirse del test más eficaz estadounidense para favorecer uno francés y por hacer campañas de donación en cárceles y otros ámbitos de riesgo. Si se suman las víctimas de transfusiones y las producidas entre los llamados "grupos de riesgo" a causa (no sólo) de la desinformación y las erróneas políticas sanitarias, la mortalidad fue tan elevada que los activistas de Act Up exigieron "un Nuremberg del sida". La gravedad de los hechos justifica la rabia que esta película destila. El problema es que, pese al verbalista y moroso tratamiento, no da la información necesaria.

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