Vampiros con sotana

Híbrido baratito entre el cine de vampiros y la estética y el mensaje replicante de Blade Runner, La criatura perfecta nos trae un futuro terrenal apocalíptico en el que humanos y vampiros (aquí conocidos como hermanos, aunque sigan teniendo colmillos y vayan de negro) conviven en fangosa y malsana armonía por la supervivencia de las respectivas especies entre resfriados mortales y otras enfermedades contagiosas. La sangre se erige así en metáfora de la vida y la esperanza, mientras que dos hermanos a la greña, Caín (Dougray Scott) y Abel (Leo Gregory, reencarnación de Klaus Kinski) en versión gótico-siniestra y mirada desafiante, se pelean por la chica guapa (Saffron Burrows), policía para más señas, con el futuro de la humano-hermandad como coartada para darse de mamporros por los tejados y clavarse objetos punzantes.

El neozelandés Glen Standring ajusta su relato, muy poco original y chapucero por cierto, a las limitaciones de un presupuesto que da lo justo para maquillar digitalmente los bajos fondos con un poco de estética dickensiano-futurista y pintar dirigibles de pega en el cielo. Del mismo modo, y si no echamos cuenta a la pasarela de personajes de tebeo que circulan por la cinta, las escenas de acción y de mordiscos no consiguen superar el aprobado raspado, por más que multitud de efectillos especiales y de montaje aspiren a disimular las carencias.

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