El actor que esculpía sus personajes

  • Heston protagonizó películas que marcaban el fin de una forma de hacer cine y otras que abrían nuevos horizontes

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POCOS actores han tenido el privilegio de convertirse en iconos del arte cinematográfico, interpretando personajes tan amados por el público que basta su imagen para evocar lo que el cine representa como creación, emoción y entretenimiento. Pocos actores han tenido el privilegio de interpretar personajes esculpidos por la historia o la literatura, capaces de llevar a sus intérpretes sobre los hombros colosales de su fama o leyenda. Pocos actores han tenido el privilegio de vivir tiempos tan cambiantes de la historia del cine desde posiciones tan distintas que hasta parecerían enfrentadas, convirtiéndose a la vez en símbolo de lo que nace y de lo que muere. Charlton Heston, el gran actor norteamericano menospreciado por los pedantes que creen que las películas se hacen para que ellos luzcan su musculatura culturista escribiendo sobre ellas y caricaturizado por las opciones políticas de su madurez, pero amado por el público y parte fundamental de la historia del cine, ha tenido estos privilegios.

Heston fue llamado a los papeles esculpidos desde sus primeros pasos cinematográficos (fue el Peer Gynt de Ibsen en una producción independiente de 1941) hasta el último (interpretó al médico nazi Joseph Mengele en My Father, Rua Algem 5555 en 2003). Entre el grandioso personaje de ficción de Ibsen y el repugnante personaje histórico nazi, a lo largo de 60 años, Heston interpretó más personajes histórica y dramática o literariamente fuertes que ningún otro actor. Entre los segundos figuran Heathcliff (Cumbres borrascosas, Nickell, Studio One TV, 1950), Macbeth (Macbeth, F. J. Schaffner -con quien trenzaría una larga amistad que se plasmaría en dos grandes películas una década más tarde-, Studio One TV, 1951), el obseso hacendado Leiningen (Cuando ruge la marabunta, Haskin, 1954), el oficial confederado Saunders (La ley de los fuertes, Maté, 1956), el inspector Mike Vargas (Sed de mal, Welles, 1958), el brutal capataz Leech (Horizontes de grandeza, Wyler, 1958), Judá Ben-Hur (Ben-Hur, Wyler, 1959), el marine Matt Lewis (55 días en Pekín, Ray, 1963), el señor de Chysagon (El señor de la guerra, Schaffner, 1965), Amos Dundee (Mayor Dundee, Peckinpah, 1965), el capitán Taylor (El planeta de los simios, 1968), el vaquero Will Penny (El más valiente entre mil, Gries, 1968), Long John Silver (La isla del tesoro, Heston, 1990), Holmes (The Crucifer of Blood, Heston, 1991) o el actor que interpreta el asesinato del rey (Hamlet, Branagh, 1996).

Entre los personajes históricos, sus esculturas actuadas, se cuentan Buffalo Bill (Pony Express, Hooper, 1953), el colonizador de Louisiana William Clark (Horizontes azules, Maté, 1955), Moisés (Los diez mandamientos, DeMille, 1956), el general Jackson (Los bucaneros, Quinn, 1958), El Cid (El Cid, Mann, 1961), Thomas Jefferson (The Patriots, Schaefer, 1963), Juan el Bautista (La historia más grande jamás contada, Stevens, 1965), Miguel Ángel (El tormento y el éxtasis, Reed, 1965), el general Gordon (Jartum, Dearden, 1966), Marco Antonio (Julio César, versiones de Bradley en 1950 y de Burge en 1970, más el Marco Antonio y Cleopatra que dirigió él mismo en 1972), el cardenal Richelieu (Los cuatro mosqueteros, Lester, 1975), el capitán Garth (La batalla de Midway, Smigth, 1976), Enrique VIII (El principe y el mendigo, Fleischer, 1977), el explorador Hill Tyler (El valle de la furia, Lang, 1980), Tomás Moro (Un hombre para la eternidad, Heston, 1988), el sultán Togrul (Gengis Kahn, Annakin, 1992) y el ranchero Henry Hooker (Tombstone, Cosmatos, 1994). ¿Quién ha dado más?

En los tiempos que le tocó vivir y protagonizar, en los que el cine americano renació y murió varias veces, pocos actores han interpretado sólo con tres años de diferencia (1956-1959) películas que marcan el fin de una forma de hacer cine (Los diez mandamientos, dirigida por DeMille con la estética del mudo o Ben-Hur, último colosal de la era de los estudios) y películas que abren nuevos horizontes al cine culminando y liquidando a la vez un género (Sed de mal de Welles). También pocos actores han sido tan valientes apoyando la creación. Amenazando con retirar su prestigioso y rentable nombre del reparto convenció al productor Albert Zugsmith para que Welles dirigiera Sed de mal, en la que en principio sólo iba a actuar; logró que no despidieran a Sam Peckinpah -pese a que la relación con él fue terrible- del rodaje de Mayor Dundee; avaló contra los ejecutivos de la Fox -que decían que el público se partiría de risa- el proyecto de Schaffner El planeta de los simios, haciendo posible una de las obras maestras de la ciencia-ficción; o lanzó la carrera de Tom Gries al acceder a interpretar a las órdenes de un debutante el que sería uno de los últimos grandes westerns, El más valiente entre mil.

Su filmografía lo consagra como uno de los grandes actores del cine americano; es cierto que tenía un repertorio gestual limitado, pero lo dominaba con maestría. Sus actos lo muestran como un hombre generoso y valiente dispuesto a jugarse su prestigio para apoyar el talento de realizadores difíciles; aunque cuestiones ajenas al cine, como sus opciones políticas conservadoras o su presidencia de la Asociación Nacional del Rifle, le granjearon una mala fama que oscureció su generosidad y carencia de prejuicios en lo que a las cuestiones cinematográficas se refiere. Por eso el arte y la industria del cine le tienen que estar tan agradecidos como el público, que le debe algunos de los mejores momentos vividos en una sala.

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