El asombro de la pantalla convertida en un fresco de Andrea Pozzo

Un amor entre dos mundos. Drama/Fantástico, Canadá/Francia, 2012. 100 min. Dirección y guión: Juan Diego Solanas. Intérpretes: Kirsten Dunst, Jim Sturgess, Timothy Spall, Agnieshka Wnorowska, Jayne Heitmeyer. Fotografía: Pierre Gill. Música: Benoît Charest.

El triunfo de la técnica ordenada a la poesía. Lo que nos cuenta esta película -otra versión de Romeo yJulieta en la que Capuletos y Montescos son dos mundos paralelos y opuestos de gravedades distintas que hacen imposible que los habitantes de uno puedan vivir en el otro- nos da casi siempre igual. Que se le añada la fórmula chico encuentra chica / chico pierde chica / chico busca chica, tampoco supone una ganancia argumental sustantiva. Lo que aporta como utopía negativa sobre un universo superior rico que explota a un universo inferior pobre está dicho por el cine desde el Metrópolis de Lang (la novedad, muy del día, es que el mundo superior extrae petróleo del mundo inferior para después venderle energía a un precio que no puede pagar). Sus divagaciones filosófico-lírico-políticas suelen ser empachosas y simplonas. La historia de amor imposible entre este Romeo y esta Julieta se ha contado mil veces en mil versiones distintas. Pero las imágenes... ¡Ah, las imágenes! Las imágenes son asombrosamente creativas, sugestivas, impactantes, poéticas en el sentido más serio de la palabra. Tienen la fuerza visionaria de los dibujos de William Blake o la tristeza de los paisajes y ruinas de la pintura romántica alemana; la delicadeza afectada de los prerrafaelitas mezclada con los inventos de los mejores cómics futuristas; la espectacularidad de las perspectivas ilusionistas de los frescos de Andrea Pozzo en el Gesú de Roma, la fascinación de las arquitecturas de Piranesi y la espectacularidad de las oficinas de La multitud de King Vidor multiplicadas en un juego de espejos.

Es mérito de su guionista y director Juan Diego Solanas que la intuición de estos mundos paralelos y opuestos, pese a las debilidades del guión, le haya servido de pretexto para crear este espectáculo asombroso en el que las posibilidades técnicas de las imágenes digitales cobran una dimensión evocativa y poética hasta ahora no vista.

Nunca una crítica tan corta se carga con tantas estrellas. Pero es que se trata de una experiencia visual sobre la que cabe poco que decir con palabras. Hay que verla. Y asombrarse. No se olvide que desde las primeras proyecciones de Lumière y Méliès el asombro forma parte esencial del cine.

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