El canto: el vuelo

  • La poeta Carmen Camacho da a conocer su segundo libro de aforismos, 'Zona franca', publicado por la serie dedicada al género en la editorial granadina Cuadernos del Vigía.

ZONA FRANCA. Carmen Camacho. Cuadernos del Vigía. Granada, 2016. 96 páginas. 14 euros.

Viene de antiguo el interés de Carmen Camacho por un género que en los últimos años, del mismo modo que los microrrelatos u otras formas de literatura breve, atrae por igual la atención de los creadores y de los estudiosos, hasta cierto punto convertido en moda y por ello necesitado de aproximaciones que eviten la banalización o el uso de fórmulas reiteradas. Después de Minimás (2008), título que define su personal manera de concebir el aforismo, Zona franca es la segunda incursión de la autora en un territorio considerado de frontera, pero también en sus libros de poemas, por ejemplo Campo de fuerza (2012) o Letra pequeña (2014), sus dos últimas entregas, o asimismo en las prosas de Vuelo doméstico (2014), encontramos muestras que podrían ser adscritas al género o se mueven, como ella dice, en las lindes. En calidad de antóloga, Camacho ha publicado una selección de nuevos aforistas -Seré Bre (2015)- y prepara otra -Fuegos de palabras- donde reunirá a cultivadores del aforismo español contemporáneo desde principios del siglo XX hasta la actualidad, en la que autores como Ramón Eder, Carlos Marzal, el recientemente fallecido Eduardo García, Sergio García Clemente, Andrés Neuman o Eliana Dukelsky -por citar sólo a los autores representados en la colección de Aforismos de Cuadernos del Vigía, en la que aparece Zona franca- se han acercado desde distintos presupuestos a esta forma quintaesenciada de pensar o de decir.

Señalaba Manuel Moya, en relación con Minimás, que los aforismos de Carmen Camacho estaban a medio camino entre el aserto filosófico y el poema, pero de seguido su propia caracterización dejaba claro que -por la actitud, por el lenguaje- tenían más que ver con el segundo, como no podía ser de otra manera. Lo propio de la poesía no es el verso, sino la mirada, independientemente del vehículo formal que adopte, y por otra parte los poetas piensan menos por medio de conceptos -hay una profunda desconfianza de los conceptos en la obra de Camacho: "Yo hablo realidades", dice uno de los aforismos de la serie Metafísica popular- que a través de imágenes. En el prólogo a la mencionada antología, que abrían unos versos de Mariano Peyrou: "Yo defiendo lo leve, lo menor. / Es mi trabajo", explicaba la poeta su forma de entender el género por oposición a la de los pensadores estrictos: "El aforismo como escritura apodíptica y cerrada suele ser más terreno de la filosofía. Se sirve a veces del lenguaje poético, pero como un medio. El fin es formular la idea, dar a una inquietud del pensamiento respuesta certera". Abierto, no del todo racional, "más bello y canalla", el aforismo poético -aforema, conforme a la acuñación del editor y poeta Miguel Ángel Arcas- es o "encierra en sí su propio sentido", no transmite verdades acabadas y más que ofrecer respuestas, plantea preguntas. Si Pla hablaba de "lo infinitamente pequeño", la aforista -según leemos en la nota final de Zona franca- persigue el rastro de lo "infinitesimalmente grande".

De varios recursos se valen sus minimás para evitar el peligro de lo sentencioso, de la frase engolada, campanuda o demasiado contundente. En primer lugar está el oído, atento a los hallazgos anónimos de la lengua "oficial" de la calle, a las innovaciones expresivas, a los dobles sentidos que exprimen lo literal o lo retuercen, como al verlainiano cuello de cisne. Están el humor -la ironía o el sarcasmo, el invocado aguijón de la avispa- y un uso muy depurado de la elipsis, de lo implícito pero no dicho, ese envés o lado invisible de las cosas que de algún modo se insinúa o se trasluce sin llegar a formularse. Y está, sobre todo, la profesión de incertidumbre, la duda como método nada cartesiano -"Todos los aforismos mienten"- de enfrentar la realidad y sus paradojas, desde una perspectiva crítica que es además autocrítica. Al contrario de lo que ocurre en ciertos discursos impugnadores, que parecen sustituir unas certezas por otras o se someten ciegamente a los mandamientos de doctrinas paliativas, la subversión o el cuestionamiento de los dogmas -"Lo liberador, sí. Los libertadores, no"- se afronta desde una posición expuesta, ajena a la autocomplacencia. Un tono lúdico, irrespetuoso caracteriza a muchos de los aforismos reunidos en Zona franca, pero sentimos que hay en ellos, a falta de recetarios alternativos, una honda verdad con minúsculas.

Sobriamente tituladas, las cinco secciones del libro conforman un itinerario -un autorretrato- que parte de las raíces (Solar) y concluye en una poética (Divisa), aunque las minimás, "engarzadas por la intención", se resisten a una división temática. La heredad es definida como "un campo de minas" y se marca distancia tanto de los vínculos -"me importa, ante todo, no pertenecer"- como de las ideas recibidas. El mapa de Trazado tiene los contornos inciertos de una residencia ambulante, diferencia el conocimiento del entendimiento y rehúye las apoyaturas fáciles: "La seguridad es un peligro". En Tránsitos, donde se incluyen los aguafuertes de Calibana -feminización del arquetipo shakespeariano que representaría lo instintivo, lo salvaje-, se refieren los desplazamientos de una peregrina "liebrepensante", calificativo aplicado a Bergamín. Como sugiere su nombre, Peajes señala los puestos de control frente a los que se sitúan las líneas de resistencia -"Para servir hay que servir"- y reivindica la autonomía en todos los órdenes: "Amor libre es una redundancia". La citada parte final, referida a la estética, contiene también un subapartado donde la autora recurre a las aves para proponer una poética que concluye: "El canto: el vuelo", lo que tal vez sea una forma de decir que la escritura -entendida a su manera, una práctica de riesgo- equivale a libertad. "Vivir a propósito. Escribir en torno", es el programa, o vivescribir, como ha precisado otras veces, un ejercicio valiente que convierte la gravedad en ligereza y sabe transmutar los pensamientos o las emociones en palabras que conciernen, sacuden e interpelan.

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