Crítica de Cine

El cineasta y su musa

Kim Min-hee, en la película. Kim Min-hee, en la película.

Kim Min-hee, en la película. / D. s.

El primer Hong de 2017 llegó a la Berlinale levantando cierta expectación respecto al carácter explícitamente autobiográfico de su historia, protagonizada por una actriz encarnada por Kim Min-hee, su nueva musa desde Ahora sí, antes no, con la que el director surcoreano había iniciado un idilio extramatrimonial que fue aireado por la prensa rosa de su país.

Como en otras ocasiones, el director de En otro país agita aquí los ingredientes personales para llevarlos a un personal territorio de capas, espejeos y derivas narrativas que pronto los convierten en otra cosa, en una suerte de expiación puramente artística de lo real que forma ya parte de una de los corpus más fascinantes y coherentes del cine reciente.

Bien es cierto que Hong compite siempre consigo mismo, y que cada nueva película suya (tres este año: ésta, La cámara de Claire y El día después) se pone a prueba respecto a las demás. En esta liga interna, podría decirse que En la playa sola de noche es la más dramática, sencilla, limpia y directa del último tramo de su filmografía, la que menos humor, requiebros o nivel de autoparodia destila, aunque no por ello la aparente transparencia de su mecanismo narrativo (de nuevo hecho de encuentros, paseos, conversaciones y gestos liberados por el alcohol, la frustración y la melancolía) siga escondiendo esas superposiciones entre lo factual y lo onírico que, en sus manos, obligan siempre a repensar lo visto y oído hasta entonces.

La búsqueda y la espera del amor (perdido), el paso del tiempo, el placer de la soledad o el deseo (improbable) de libertad impulsan aquí los ecos entre una primera parte ambientada en la ciudad alemana de Hamburgo y la segunda en una localidad costera coreana, escenarios rituales (bares, cafés, hoteles, callejones, una playa en invierno…lo de siempre) para una nueva permutación de elementos mínimos encadenada por una Min-hee que, si bien parece estar siempre un punto por encima del tono neutro de las interpretaciones chez Hong, con el consecuente peligro de distorsión dramática, arrastra con su presencia la declaración de amor de un cineasta tantas veces escondido tras los juegos de manos y la magia casera.

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