Los clásicos humildes

Algunas de las poses de Toni el Pelao parecen extraídas de las láminas en sepia de finales del XIX que incluye Fernando el de Triana en Arte y artistas flamencos. Sin embargo, El Pelao encarna esta forma de clasicismo flamenco en un arte vivo. Aunque, ciertamente, en vías de extinción. Un arte a contracorriente. Que se recrea en el gesto, que lo mantiene, y que no da de los pies sino cuanto es necesario, casi imprescindible. De manera que cada cosa tiene su sitio: el marcaje, la llamada, la escobilla y el cierre. Exposición, nudo y desenlace. Borges admiraba del cuento policial el mantener la lógica narrativa en unos tiempos de confusión como los que vivimos. Mantener una fórmula que es clásica desde Aristóteles. He aquí nuestro Aristóteles flamenco. El final es lo más llamativo a los ojos de hoy: sin énfasis, sin subrayados. Planta, pura presencia física. Y dominio escénico.

El arte de ocupar un espacio con el mero estar, la mano en el chaleco. Ser sin aspavientos: un espacio que hoy sólo esta pareja representa, de ahí su cualidad de especie en vías de extinción. El barroco está en su lugar, es decir en los adornos del atuendo, en el efectismo de la pataíta final. Lo demás es dar su sitio, mantenerse templado y centrado contra el frenesí del tiempo. Claro que esta fidelidad es una deliciosa anacronía, una excepción feliz. Con su poquito de olor a naftalina. Un anacronismo, retrato en sepia, que es una forma de vida, porque El Pelao conoce estas poses y marcajes desde su infancia (bailó con dos años para Pastora Imperio), desde antes de tener conciencia, de sus mayores, una familia bailaora que está en la historia del flamenco desde los años 90 del XIX. Herencia de sangre y honestidad, profesionalidad de los muchos años de tablao. Respeto al público, al espectáculo, a los compañeros. Una humildad bailaora que hace grande a este arte.

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