Crítica de Teatro

Ante el 'egotrip' a mitad de camino

Ante la crisis y sus falsos movimientos, a Goyanes le da por lo propio del inmovilizado: la introspección y los asaltos de la memoria. El parsimonioso striptease que estructura CarpeDiem le permite así regresar francamente atrás, en busca de unas raíces (familiares, socioeconómicas, políticas, artísticas) con las que reafirmar su actitud de resistencia, ésa a la que, por otro lado, le obligaron sus decisiones vitales, sobre todo la de dedicarse a los escenarios. Este destino de las tablas, la fundación de la compañía Laví e bel en la Granada de los noventa y su apuesta resurreccional por la escena cabaretera y desinhibida son aspectos capitales de la vida de Goyanes que apenas se tocan en CarpeDiem, demasiado centrada en el recuento sentimental y el comentario jocoso a su particular Cuéntame: nacimiento al mundo, infancia y juventud en Madrid, mili canaria, inoculación del virus teatral y doble paternidad; todo entre naufragios y vueltas a la superficie.

En definitiva y para resumir: hay que ser muy fan de Goyanes, de su ironía melancólica y de su lirismo de andar por casa, para aguantar este one-man-show de más de hora y media, en el que el intérprete se deja enredar con autocomplacencia en los jirones de la memoria individual y colectiva para convertirse, en los mejores y más sencillos momentos, en un simple médium de las palabras de sus padres y mayores, vérdaderos héroes y principales víctimas de esa España de escasa virtualidad en la que el dramaturgo abriera por primera vez los ojos. Como homenaje puede resultar a ratos emocionante; en general, desconsiderado.

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