El embrujo de revivir el pasado

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Dos compromisos eran los ineludibles: Cañavate y Lina. Juventud y veteranía unidos bajo un mismo sino: el clasicismo, el respeto hacia la esencia misma de ese traje de flamenca que ellos saben dignificar con una magistral capacidad creativa. El primero fue el encargado de abrir, a las once y media de la mañana, la pasarela. Lo hizo con la contundencia de elegantes propuestas en blanco y rojo o, en el caso de la bata de cola, negro con lunares verdes y adornos de pedrería. Pecherines de flores, blusas de terciopelo o faldas con estampados que bien podrían haber pasado por los de un mantón de Manila. El diseñador cosechó aplausos con todos y cada uno de sus maniquíes, de espaldas desnudas y escotes en uve. Talles altos y camisas con mangas afaroladas, constituyeron más detalles para recibir, en la salida final del responsable de esta colección, una lluvia de claveles de parte del agradecido público.

Menos de acuerdo hubo respecto al trabajo de Lorenzo Cáceres, joven que dividió los cuerpos de sus modelos en varias secciones con el uso de cintas o encajes distribuidos horizontalmente a diferentes alturas. Su propuesta de novia, con la cara de la Virgen del Rocío en el centro de una enorme margarita sobrepuesta a la tela, resultó poco acertada. Justo en el lado opuesto, Maricuz retornó al clasicismo con lisos o floreados en ceñidos cuerpos con chalequillos y mucho vuelo de volantes en los puños.

Por la tarde se vivió la coincidencia de, tanto Rosalía Zahíno como Carmen Latorre, haber encontrado en el espíritu de la Francia más seductora el hilo conductor para articular sus respectivas ideas. Una, las derivó hacia el rosa protagonista de una de las más famosas canciones de Edith Piaf con una fantasía en encajes, corsés y espaldas atadas con cintas y lazadas, sólo apta para las más atrevidas. La otra, hizo lo propio marcando el realce en tejidos con cuadros de colores, madrás de nombre, vuelo en los bajos y redes de brillo sobre pequeños fondos de lunares. ¿La conclusión? A veces es necesario poner ciertos límites a la imaginación.

No obstante, gracias a ella -a la imaginación, se entiende-, Sara de Benítez innovó con unos bolsos de mano con el mismo patrón en miniatura del traje para el que habían sido pensados. Así, al tirar de las mangas, la pieza se cerraba transformándose en una flor de volantes. Respecto a Mariví Salmerón, sus telas pintadas a mano constituyeron una buena apuesta tanto en los vestidos como en los mantoncillos.

Difícil labor la de describir el talento que supone llevar toda la vida dedicada a este mundo y, a día de hoy, conservar aún ilusión para continuar marcando siempre un punto y aparte. Lina, apoyada en su hija Rocío, es la mejor embajadora de la flamenca bien vestida o, como se dice popularmente, bien "plantá". Mangas con tres hileras de volantes, flecos que nacen de faldas y escotes, lunares negros con blusones rojos, cremalleras que, al subirse, dejan que las piernas de la mujer queden más al descubierto, perfectas combinaciones de crudos con coral y, sobre todo, dos maravillosas batas de cola a las que, Luisa Palicio y Milagros Menjíbar, dieron vida. Magia, en una palabra, que contó con Matilde Coral y Tony Benítez como invitados de honor.

La colección de la sevillana descubrió que, en el diseño -como en el resto de aspectos-, hay muchas más garantías de triunfar conforme más sencillos seamos. Al fin y al cabo, a la Feria se va para pasarlo bien y, también en la moda, para dejarse de tonterías.

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