Una encomienda sagrada

  • 'LOS ENEMIGOS DE LOS LIBROS'. William Blades. Trad. Amelia Pérez de Villar. Prólogo de Andrés Trapiello. Epílogo de Javier Jiménez. Fórcola. Madrid, 2016. 144 páginas. 16,50 euros.

Estudioso de la obra de William Caxton, el "primer impresor de Inglaterra" al que dedicó una clásica monografía y cuyos raros volúmenes, los muy apreciados incunables caxtonianos, persiguió y rescató de la desidia o la incuria, el también impresor y bibliógrafo William Blades es recordado por los lectores no especialistas gracias a una obra divulgativa -Los enemigos de los libros (1880)- en la que abordó con indudable conocimiento de causa, pero también con ingenio, amenidad y buen humor, las distintas clases de peligros que acechan a los amados objetos -"preciosos cofres", los llama en su prólogo Andrés Trapiello, depositarios de las "aladas semillas" de las que hablara Unamuno- que habitan las bibliotecas, tan eventualmente valiosos como en todo tiempo vulnerables. Del modo de protegerlos "contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías", discurre el autor en este breve tratado repleto de anécdotas curiosas, divertidas o aleccionadoras, que rehúye la especulación filosófica y aborda su materia de una forma felizmente desenfadada, a la vez pragmática y pintoresca.

Como es costumbre entre los británicos, la erudición de Blades -un "espíritu amable", en definición del introductor de la edición original, Richard Garnett- no está reñida con la ironía, antes al contrario el ensayista, un bibliófilo que observa con suspicacia el fervor de algunos de sus hermanos de cofradía, adopta desde el principio la sabia y eficaz estrategia del instruir deleitando. La mera enumeración de los enemigos descritos en su decálogo, que abarca la acción nociva de los elementos pero también de los animales, incluidos los "depredadores bípedos", da una idea del tono de su inquisición: el fuego, el agua, el gas y el calor, el polvo y el abandono, la ignorancia y el fanatismo, la polilla o los ratones, los encuadernadores -Cansinos hablaba de un anticuario al que llamaban, por su implacable manejo de la guillotina, el Atila de los libros de viejo-, los coleccionistas -especie a veces temible, además de antipática-, los niños o los empleados domésticos. A despecho de las plagas que los deterioran, mutilan o destruyen, los libros antiguos son como hijos o amigos íntimos y preservarlos, concluye Blades y recuerda en su epílogo el editor de Fórcola, es una "encomienda sagrada".

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