No encontró el punto G

G es Giselle, la clásica, la dulce bailarina de tutús que se enamora de un joven sin saber que es un príncipe que, a su vez, está comprometido con otra mujer. Giselle sufre y muere, pero ayuda a su amado.

Hasta aquí el clásico, nubes de tutús blancos y el conocido paso en el que las bailarinas se unen con sus brazos.

Lo que la Australian Dance Theatre hace en este montaje es seguir la línea que le abrió las puertas del reconocimiento cuando hace ocho años el mismo director de G, Garry Stewart, estrenó su deconstrucción distorsionada y llena de acción de El lago de los cisnes. Birdbrain (sic). Ahora es Giselle y para ello realiza un juego en una pantalla de luces en el que va apareciendo parte del argumento de la obra y se va ejecutando un juego de palabras como el scrabble tomando como base una letra que puede ser la G o cualquiera de las iniciales de los otros protagonistas.

El juego de luces es impresionante, casi pasmoso. El efecto que ejercen los cambios de iluminación, verde, blanco, azul y rojo en su mayoría, sobre los trajes de los bailarines hace que el escenario cambie continuamente y adquiera matices que enriquecen de manera simple pero muy efectista el conjunto de la puesta en escena.

Mientras, una simulación total de una cinta transportadora, de esas que se usan en los gimnasios para realizar ejercicios o las más modernas que existen en los grandes aeropuertos para ayudar a los viajeros a desplazarse por las inmensas distancias entre terminales, sirve de base y límite para que los bailarines ejecuten sus movimientos en un bucle incesante que no termina nunca.

Y digo simulación total porque el efecto de la cinta transportadora es óptico. En el suelo sólo hay un pasillo blanco. Son estos bailarines/atletas los que con sus movimientos uniformes y consecutivos acaban creando el efecto.

En este devenir constante los bailarines, de uno en uno, en dúos y tercetos van contando, deconstruida, la historia de la pobre Giselle.

Lo que pasa es que, una vez conseguido el efecto, la constante repetición unida a la machacona música de Luke Smiles terminan por superar la increíble destreza de los bailarines y nuestro primer asombro ante su perfección técnica acaba tornándose en aburrimiento inconsolado.

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