La exaltación, el intimismo y la ironía como límites del pianismo romántico

Volvió de nuevo, traído por el juvenil e incansable entusiasmo de Juventudes Musicales, el muy galardonado pianista italiano Alberto Nosè. Ahí es nada contar, a sus 29 años de edad, con premios en concursos del prestigio del Chopin de Varsovia, el Santander o el Marguerite Long. A pesar de la edad mencionada, estamos ante un artista de clara y manifiesta madurez, que sabe establecer los límites entre el exhibicionismo, la exteriorización de la interpretación, y la profundización en el sentido más profundo de la música.

Nada que objetar desde el punto de vista técnico, porque su dominio de la pulsación y la digitación es apabullante, aunque a veces no lo parezca porque sabe establecer por encima de la mecánica de la interpretación el despliegue de la expresividad. Con todo, cabe destacar la precisión y la agilidad de algunas de las piezas de Prokofiev, como en la nº 4.

La madurez se manifestó ya en la elección de un programa poco habitual y muy exigente en lo técnico y en lo expresivo. La sonata nº 1 de Schumann es como un caballo salvaje desbocado difícil de dominar, especialmente en la Introducción, en la que el joven y apasionado compositor parece querer decirlo todo a la vez. La mayor exaltación y la efusividad más explosiva se dan la mano con el lirismo más íntimo. Nosè tuvo algún problema para aclarar el discurso y el fraseo en estos primeros momentos, que sonaron algo confusos y emborronados por un exceso de pedal. Pero a partir del Allegro vivace consiguió equilibrar los dos extremos de la expresividad bipolar de Schumann, consiguiendo fundir de forma coherente una pieza que aparece moverse a golpes inconexos. En el Aria sacó a relucir el rubato para conseguir profundizar en el lirismo recogido de este momento cargado de belleza. Especialmente relevante fue la manera de afrontar el perfil rapsódico, casi improvisatorio de un Finale que vuelve una y otra vez sobre sí mismo y que marra varias veces la conclusión. Nosè dotó a cada repetición de un leve matiz diferencial, evitando la monotonía y culminando con brillo el desafío de esta obra indomable.

Pareció encontrarse más cómodo el pianista italiano con las piezas de Romeo y Julieta, que tantas veces requieren de un pianismo percutivo (números 1 y 6, por ejemplo) que Nosè supo desarrollar a la perfeccion. Acentuó de forma muy interesante los perfiles irónicos del ritmo entrecortado del nº 3, así como la figura rítmica ostinadamente recurrente en la mano izquierda del nº 5. Controló muy bien la dosificación de las progresiones dinámicas en la pieza final, sabiendo diferenciar diversos planos dinámicos que redundaron en una muy eficaz y aplaudida variedad de intensidades y expresividades.

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